martes, 20 de febrero de 2018

Juventud, ¿divino tesoro?

Av. Gral Rivera, en el límite entre Pocitos y Parque Batlle. Montevideo. Febrero, 2018. 

domingo, 18 de febrero de 2018

Domingo

Te despertás con el piyama pegado al cuerpo y el agua chorreando. El mediodía recién comienza. Sabes que el calor va a llegar a más porque los pronósticos lo anuncian. Te vas sonámbula al baño a meterte debajo de la ducha, fría, helada. Cuando empezás a despertarte y a tomar conciencia de que es domingo, planificás esas horas libres que esperaste la semana entera. Podes  seguir durmiendo, ahora con el ventilador de frente, hasta que el aire se re caliente y el calor, otra vez, te despierte, a media tarde y de nuevo la ducha, pero pasarte (y perderte) el día durmiendo no te convence. Podes sumergirte en esa novela de ochocientas páginas que te atrapa y empezaste hace una par de semanas, pero sabes que en la primera hoja o la segunda a más tardar –sino en el primer párrafo– cerrarás los ojos y te desvanecerás. Es que apenas dormiste cinco horas, y ahí le vas a dar chance al sueño. Pero no, mucho menos con ese sol y las sensaciones agobiantes de más de treinta, pensás cuando el agua fría te da en la espalda, y se te cruza por la mente que un buen zambullido en el mar es una buena opción, sino la mejor para este día sin horarios, en el instante que tu amiga, la que se siente bien uruguaya aunque es paraguaya, y hace días no ves, te dice por mensaje que también tiene libre y ahora, justo ahora, anda en la vuelta con la maya encima. Entonces, te resuelve ese asunto al que venías dándole tuerca y te encajas la tuya de dos piezas, calentás el agua para el mate de la tarde y le metes algo al estómago (lo que venga y conserve la heladera), aunque sea para engañarlo, porque en cuestión de diez minutos ella llegará para tomarse ese bondi que las deja en el destino donde la ciudad parece otra, y atraviesan médanos para llegar a esa playa donde hay menos gente, o al menos pareciera por la amplitud que presenta, y el mar, sin duda es más potable, van diciendo en el viaje cuando las dos se pasan la mano, ella por la frente, vos por la panza, por el agua que les chorrea (¡otra vez el agua te chorrea!). Qué calor, maldicen al unísono a la altura en que el bondi se llenó de cuerpos que también visten mayas y cargan con mochilas y sombrillas y sillas reposeras como la tuya, que hace reír a la paraguaya-uruguaya porque ni en pedo carga con una de esas, si la arena fina no le molesta y hasta la prefiere, al contrario que a vos que te fastidia que se te pegue al cuerpo, decis cuando caen en la cuenta que todos en ese bondi tienen el mismo destino, en esa playa en la que descargaste la mochila, la reposera, la solera, el reloj y los lentes para salir corriendo (como si alguien las siguiera) y darte el zambullido que imaginaste en la ducha. ¡Al fin ese baño fresco!, te sale en voz alta en el medio del mar llano y sin olas, tiempo antes de que la sensación dejara de ser insoportable a pesar de la ausencia de una brisa en este día en que la lluvia ni se asoma, aseguran ambas cuando las nubes van y vienen en el cielo que ahora está amarillo y naranja y rojo, entre el mar y esos aires que te adoran, sobre todo cuando es domingo. Y atardece.

Montevideo. Febrero, 2018. 

miércoles, 14 de febrero de 2018

El amor en despedida

La vi con su cabello rubio, grande, madura,  pura, inocente, bella. Bellísima. Sentí su olor, tan suave. La besé una vez, dos, tres. En su pelo lacio, en su brazo, en la espalda. Pero su sueño era profundo. Muy profundo. Entonces el abrazo quedó en el aire como en suspenso. La miré, la recordé hace unos años, chiquita, cuando andaba arriba del escenario en puntitas de pie, y la admiré. Después, rato después, cuando yo ya estaba a unos kilómetros de distancia sobre las ruedas que me llevaban a mi destino, me mandó un corazón con un “Te amo”, seguramente entre dormida. Se me erizó la piel y se me hinchó el pecho en el instante en que cerré los ojos por el sol que me daba de lleno en la cara, contra la ventana, entre lo verde del paisaje. Y de nuevo, su aroma suave, y su abrazo. La pensé, y caí en la cuenta del tiempo, los años, su estatura. Qué grande, qué bella, qué pura. Me maravillé y el orgullo se me vino encima. Entonces se me llenó el alma y, otra vez, sentí que nada, absolutamente nada importa, que todo está bien. Todo. Y que el amor es de lo más hermoso que tiene la vida. Y en eso, ella, también es mi cómplice.


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