domingo, 24 de septiembre de 2017

Un rey de la Habana


Pedro Juan Gutierrez, ayer, en el Centro Cultural de España, en el marco del Festival Internacional de Literatura. Montevideo, 2017. 


Lo único que quiso ser Pedro Juan fue escritor. Aunque su intención siempre fue la de escribir de un modo tan natural que no pareciera literatura. Pues, para vivir con paz interior hay que ser un imbécil, fue una de sus aseveraciones ayer, ante una sala repleta. “Lo que pasa que los seres humanos somos como el yin y yang. Cuando estamos tranquilos necesitamos un poco de conflicto para armonizar la vida y cuando tenemos demasiado estrés nos queremos relajar un poco. Entonces siempre vivimos en ese desequilibrio, que cree es necesario porque la vida es así. El arte mismo es un conflicto. No hay arte sin conflicto., dice. Y su forma de refugiarse de este mundo tan cruel y estúpido, fue la literatura.  

viernes, 22 de septiembre de 2017

Toca (ba) el piano como un animal II

"El jazz tiene una libertad que no la ofrece ninguna otra música porque cuando aprendes el tema podes arreglarlo como quieras. Después tenés la improvisación, donde continuamente disfrutas de esa libertad para hacer lo que quieras. Y es totalmente válido, pero hay que hacerlo con buen gusto".

Rolo

El pianista Rodolfo "Rolo" Suzacq en su apartamento de Parque Batlle. Montevideo, 2017. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Toca (ba) el piano como un animal

"...Algunos músicos como yo, cuando tocamos 
le bajamos la persiana al mundo. 
Y entramos en otra galaxia..." 
Rolo

“¿Qué carajo quería Michael Jackson? ¿Quería ser blanco, como tantas veces se ha dicho? ¿Quería ser mujer? ¿Ser Peter Pan? ¿Quería ser un niño?”. Lo de este tipo es bestial, comenta Rolo en referencia al libro Prohíbo pensar de Sandino Núñez que tiene en una mano, después de leer el fragmento. Se ríe con ganas pero sin fuerza.

Rodolfo “Rolo” Suzacq (1949) apareció detrás del 602 después de que el timbre sonó cuatro veces, así, con por las cuerdas vocales a la miseria. Por el frío de la noche anterior, se justifica tocándose  el cuello. Es que nos juntamos con los chicos, ¿viste? Una barra de amigos que no llega a diez veteranos, de los cuales no hay uno que no toque un instrumento. En la cara le quedan huellas de la almohada. La voz le sale como el motor de un auto cuando quiere arrancar después de estar parado varios días. Le ofrecí cambiar la cita. Inclinó la cabeza apenas hacia abajo.  Me miró sobre los lentes apoyados en la punta de la nariz, levantó el índice izquierdo, lo movió de un lado a otro, señaló el juego de comedor y aunque la voz le salía pésima, sonó tajante: “Sentáte”. Me temblaron las piernas, calculo, como quedan las teclas del piano después que Rolo se ensaña con ellas.

Debajo del vidrio de la mesa cuadrada, decenas de fotografías de los tres hijos en una banda de blues que él mismo les armó para iniciarse en la música. Damián (36) le dio al piano y a la armónica, Betina (34) optó por cantar pero también toca de piano. Y Víctor (25), el guitarrista, fue “un caso especial”. A los 14 años formó su grupo de rock que sonaba “impresionante”. Así se hicieron llamar los pibes. “Si te pongo esto te vuela la tapa de los sesos”, me quiere convencer con el CD en la mano de Angelitos.  El único de la banda. Antes de ella, Víctor iba todos los sábados a clases. Con la guitarra y con Rolo.

Aunque las cuerdas vocales no le funcionan como él quisiera, Rolo tiene cuerda para rato. Puede estar horas hablando de jazz, de su relación con él, del ciclo de charlas que da, los tercer miércoles de cada mes, en Kalima, sobre la historia de este género musical que nació por la confrontación de los negros que hacían música en los barrios perdidos en la zona alta de Nueva Orleans y los criollos (creoles en inglés), descendientes de europeos con cierta cultura occidental; de Montevideo swing, la banda de jazz más vieja de Montevideo que formó en julio de hace treinta y cinco años, y por la que han pasado una “troja” de músicos. Por eso se convirtió en una escuela, de gran orgullo para su fundador. “El pibe que está tocando el bajo, hace un año que está”. Es que cuando Rolo ve jóvenes que tienen  ganas y condiciones, los invita. Y les abre la puerta. 

Y al portero del edificio de Bvar. Artigas a la altura del 1671, le alcanza con saber que uno va al sexto piso para adivinar que el pianista espera a alguien. Son muchas las personas que lo visitan. El noventa y cinco por ciento toca música, calcula el hombre de traje sin corbata. El otro cinco no, pero quiere aprender.

***

Rolo tenía apenas ocho años y ya tocaba el piano cuando Louis Amstrong vino al Cine Plaza de Montevideo. Fue la única vez que lo vio. Pero no se acuerda. Rolo no tuvo forma de escaparle a la música. Su madre, Luisa Carmen Bó, tocaba el piano y la guitarra. Y cantaba. No había momento en el hogar de los Suzacq-Bó en que no sonara una melodía clásica, una ópera o una zarzuela. Luisa se había emperrado en que su hijo fuera músico y si era pianista, mejor.

Es que el piano es una orquesta, dice Rolo. “Con la mano derecha haces la melodía y con la izquierda los bajos, ya sea de maneras distintas o rítmicamente como un bajista hace un walking bass [técnica de acompañamiento] e incluso agregas algún firulete, entonces haces hasta cuatro cosas con dos manos. Es maravilloso. La guitarra es más limitada, por eso la mayoría de los arregladores son pianistas”. 
Además, sigue, cuando sos pequeño no tenés opinión. Si no te impulsan no encarás a estudiar un instrumento. Y no hay nada como lo que se aprende de niño, asegura. Por eso él también se encaprichó con sus tres hijos.

 “Yo quiero hacer eso”, dijo Rolo un día que estaba en la casa de una amiga, en Atlántida, cuando escuchó a Ray Charles (1930-2004). Por eso toca el piano como un “animal” desde los 19 años. Se acuerda “clarito” de eso. Es que le “partió la cabeza”. Y de ahí no paró. Hasta tiene el piano debajo de la ventana del cuarto, al lado de la cama, como gurí chico rodeado de chiches. A esa edad Rolo formó Sunian, su primera banda, con Beatriz Nicolini en la batería y Gustavo Antúnez en la guitarra. De la conjunción de las primeras letras de los tres apellidos surgió el nombre. Lo anormal por esos años era ver a una mujer en una banda y, encima, batera.  En ese entonces Rolo tocaba el acordeón piano. “Me había aburrido de los estudios clásicos, y hábilmente mis padres me trajeron un acordeón de Italia de ciento veinte bajos. Lo normal era de ochenta”.  Con ese instrumento descubrió que tenía oído musical, cuando escuchaba a Los Beatles y el Club del Clan con Palito Ortega, Violetas Rivas, Johny Tedesco y Chico Novarro eran el boom. Aquellos temas sencillos como Despeinada y Camelia él los sacaba en ocho minutos. Ahora los canta con la afonía encima, zarandeando el cuerpo desde la silla y con los dedos sobre la mesa del living como si tocara el piano de verdad. Y se ríe. Ahí fue cuando arrancó. Después no paró de tocar nunca, salvo durante un cortísimo tiempo, por sus actividades como  empresario y por la situación de la música que lo desanimó, cuando en el  69’ no había pianos eléctricos. “Dejaba el teclado con gotas de sangre de darle duro, porque en los ensayos, con la batería y el bajo, el piano no estaba amplificado, simplemente le sacaba la tapa de adelante”. Después se aburrió y le dio al bajo eléctrico y al saxofón que le dieron una formación orquestal para ser, más adelante, arreglador.

A Rolo le fue imposible abandonar la música. “Vos ves que vivo rodeado de música”, repite dibujando con el índice un círculo en el aire y ojeando el apartamento desde donde no se ve ni un gota de mar, sólo la inmensidad del Parque Batlle. “Yo a la música la vivo”, dice mirando el tríptico en blanco y negro que adorna el living. Art Tatum, B.B. King y Miles Davis. Cada uno en un cuadro y en ese orden. En un mueble antiguo de madera guarda como una reliquia 1400 vinilos y más de 100 cd’s de música clásica, blues y rock and roll. Pero Rolo no pasa el día escuchando música. Ni tocando el piano. “Escucho el último disco que sale de lo que sea, y ese asunto de los tipos que ni almuerzan porque pasan por ejemplo con el violín en la falda es un mito. Habrán uno, dos, pero mentira que tocás las veinticuatro horas”. Para arrancar el día y “funcionar” se toma un tazón de café con la radio de jazz del cable de fondo. Después empieza con ensayos, las clases, los alumnos y el almuerzo y una siestita de por medio. Manso.

Echarse a volar

Los primeros afiches con las imágenes de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr que salieron en el Río de la Plata los tiene Rolo en una de las paredes del dormitorio, frente a la cama. En un cuadro, arriba y al centro, Ray Charles simula la vista que perdió de niño con lentes oscuros y ríe a más no poder. “Los Beatles nos llevaron de la mano. Con cada long play que salía nos iban mostrando por donde había que ir. Ahora no tenés un líder. Hay una falta de liderazgo en todas las disciplinas y por eso en el jazz se está dando lo que se llama fusión de fusión, porque no aparecen tipos con una propuesta nueva estéticamente agradable, o desagradable como pasó con el free jazz en la década del 60 con John Coltrane.  

– ¿Por eso te desanimaste musicalmente hablando?

Claro, porque además esto de hacer jazz es una pasión. Si mirás lo económico te retirás porque no compensa lo que ganas con el tiempo que tenés que invertir para tocar bien. Yo hace 40 años que estoy en esto y sigo aprendiendo. Nunca terminás de dominar el instrumento. Imagínate que un maestro como Dizzy Gillespie diga que la trompeta es infinita, ¡a la pipeta! Cuando leí eso quede de una pieza.

– Y durante años fuiste empresario.

– Sí. Pero como pasa en general, en el jazz el círculo es muy pequeño. Es intrincado. Y para lograr una buena capacidad de improvisación  tenés que hacer una iniciación que lleva años, eso no es para novatos. Además hay una cosa que me gusta explicar y es que el jazz hace rato que dejó de ser música popular. En la década de 40 con el bebop, con Charlie Parker, Kenny Clarke y otros. El bebop es complejo y difícil de penetrar. Los músicos lo hicieron difícil porque no querían que fueran temas silbables con líneas melódicas claras, agradables. Fue otra cabeza que produjo un cambio muy grande en el jazz.

- Lo decís con enojo.

- Sí, sabes lo que pasa, que con el swing de la década del 30 el jazz era masivo. En New York había bailes de 200 personas en locales grandísimos. Hasta que  Estados Unidos entró en la guerra y el asunto se desinfló bastante. No se conseguían saxofones ni trompetas porque todo el metal se destinaba para hacer tanques de guerra y armas, y los discos hicieron así [da vueltas los pulgares y chifla]. Por supuesto que más trascendente fue que las mujeres salieran a trabajar, a producir y armar municiones. Pero desde el punto de vista musical fue un cambio muy grande.

- ¿Cómo aterriza el jazz en Uruguay?

- El jazz acá llegó antes que yo [se ríe]. Fíjate que el Hot Club se fundó en 1950, cuando tenía un año. El local histórico era en un sótano del bar de un gallego en Guayabo y Jackson, un período que fue aún bastante flaco para el Hot Cub, en los 60 y 70.

- ¿Cómo llega Rodolfo “Rolo” Suzacq al Hot Club?

- [Se ríe]. Esa una historia de varios intentos fallidos. Siempre ha sido una especie de cofradía. No era nada fácil entrar. Primero porque hay que tocar bastante, sea el instrumento que sea. No vas a escuchar un principiante en el Hot Club. Además yo traía fama de blusero y en aquellos años los que tocaban jazz en el Hot Club miraban por arriba del hombro. Como que vos fueras un músico inferior. Finalmente uno me abrió la puerta.

- Siempre hubo rivalidades entre el jazz y el blus.

- Sí, siempre. Se alimenta de que el músico de jazz se siente más capaz porque toca una música más compleja.

- ¿Y es así realmente?

- No, no es real. Desde el sentido armónico es más complejo. Un blus son tres tonos: tónica, subdominante y dominante mientras que un tema de jazz cualquiera, tiene por lo menos siete acordes de armonía o más. Pero el problema no está en la cantidad de acordes, sino cuando improvisas. Improvisar arriba de un blues es más fácil.

- En una de las charlas en Kalima [la próxima es el 16 de agosto] decías que primero tenés que aprender la partitura del tema y después lo “coloreas”.

- Ahí está el tema. El jazz tiene una libertad que no la ofrece ninguna otra música, porque cuando aprendes el tema podes arreglarlo como quieras. Después tenés la improvisación, donde continuamente disfrutas de esa libertad para hacer lo que quieras. Y es totalmente válido, pero hay que hacerlo con buen gusto.

- ¿Estás de acuerdo en que improvisar es componer?

- Sí, pero lo estuve meditando bastante tiempo. Pero cuando improvisas haces frases y esas frases las compusiste vos. Ahora, te salen una vez y después no te salen más. Siempre queremos que la improvisación sea diferente y se llega a un punto cuando tenés muchos años tocando jazz. En el propio ensayo cuando cada músico se destaca solo, hace solos distintos, porque es parte del desafío. Entonces tiene que ser capaz de variar lo que tocó, lo que improvisó.

- Imagino que en ese solo influye el estado anímico, las emociones, el momento de vida que está transitando.

- Totalmente. Además, algunos músicos como yo, cuando tocamos le bajamos la persiana al mundo real. Entramos en otra galaxia. Yo me siento en el piano y ya salí de acá [la casa], del sótano, el restaurant o donde esté tocando. Estoy adentro del piano. Porque tenes que pensar mucho lo qué haces. Cuando estoy en el Hot Club no veo el público.

- ¿Que sentís cuando tocas?

- Es interesante y es un tema que se trabaja. No podes dejarte llevar por el entusiasmo. Tenés que mantener cierta calma para tocar. Eso yo lo sufría. Improvisaba por la destreza pero tocaba sin decir nada, lo que llamo un escaleo. Es mentira que el músico al hacer el solo saca la creación en el momento. Los solos se estructuran, se preparan en el cuartito, atrás de la pared, donde sea, si querés hacer algo con contenido. Ahí está la diferencia. Y ahí está la libertad. Ahí.

***

12.31. Ni más ni menos. Sonó el timbre. Daniel Rodons viene con su guitarra colgada de un brazo. Se escapa por media hora (o una, a lo sumo) de sus alumnos. Los que aprenden inglés con él. Hace doce años que Daniel toca con Rolo e integra Montevideo swing, pero hace más tiempo que hace vibrar las cuerdas de cualquier guitarra que agarra. Desde 2014 lo hace con Álvaro Ganduglia,  y Carlos Laicovsky en Tríptico, la banda que él mismo formó, y se puede ver, los tercer jueves de cada mes, en Kalima. Pero el trío es otro capítulo.


Esta noche, desde las 21.oo, Rolo vuelve a la esquina de Durazno y Jackson,  al boliche que huele jazz por donde se lo mire, con más historias de jazz y de negros norteamericanos de los años setenta, con el swing que contagia cuando hace sonar los acordes en su teclado Yamaha y entra en su galaxia. La de la libertad. 


Rodolfo “Rolo” Suzacq, en su apartamento de
Parque Batlle. En el cuadro,  Ray Charles. 
Montevideo, 2017.

sábado, 16 de septiembre de 2017

jueves, 14 de septiembre de 2017

lunes, 11 de septiembre de 2017

Cuando de respetar se trata

Manifestación del sindicato de Trabajadores de la Industria Química. Ciudad Vieja, Montevideo. Setiembre, 2017.


Se pierden puestos trabajo y los abusos, al parecer, se suceden. Esos eran algunos de los asuntos por los que reclamaban laburantes e integrantes del sindicato de la industria química, la semana pasada, frente al Ministerio de Industria, Energía y Minería. Y en los volantes, exigían sanciones por parte del Poder Ejecutivo para las multinacionales que vienen y no respetan las leyes laborales.  ¡Basta!, hicieron escribir en una imprenta grande. Y se sintieron silbidos y aplausos. Y un trayecto de la peatonal se revolucionó. 

sábado, 9 de septiembre de 2017

martes, 5 de septiembre de 2017