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domingo, 10 de marzo de 2019

El entroido de la fariña

Las campanas anuncian el entroido. Las docenas que cuelgan de diez, once, doce, cinturas masculinas, pero también de niños y niñas. Alcanza con que esos cuerpos que visten trajes, rojo y amarillo, y pañuelos de muchos colores en la espalda, se muevan apenas para que las campanillas suenen al compás y al unísono. Son los volantes, el personaje de ese entroido tradicional que reúne a los poquísimos pueblerinos que habitan Santiago da Riba en Chantada, Lugo. Y por eso a cualquier que los visita lo hacen sentir como en familia.  Al volante, lo escuda el peliqueiro o maragato. El personaje malvado y peligroso por la vara que usa para defenderlo, y asusta de cerca con la máscara de piel que esconce su rostro y a primera vista o de muy cerca impresiona como un monstruo de ficción.

Después de saltar y correr y girar y hacer resonar las campanas, los volantes salen del escenario, en fila y rumbo al pueblo en busca de los otros. Los que se visten con ropajes diferentes pero más comunes, y hasta en paños menores, según la teatralización que satiriza el trabajo y el oficio de los chantadinos, el quehacer cotidiano, las costumbres. Ahí es cuando se desparraman risas que se hacen carcajadas por la broma, la burla que se adueña de todo carnaval y que Chantada cierra con la fariña (harina) encima de todo cuerpo que no se aleja del escenario. Y es que más allá de ese espacio, uno no tiene por donde salir corriendo. El terreno es reducido, entonces no hay cómo zafar de la fariña. Y otra vez, el entroito vomita risas.









Carnaval de Santiago da Riba, Chantada. Lugo, Galicia.
 España. Marzo, 2019.

martes, 26 de febrero de 2019

Danza india


Grupo de Folk Milon Mela.
Festival de Oriente.
Barrio Garibaldi de Milán, Italia. Febrero, 2019.







sábado, 12 de enero de 2019

Tríptico, Jazz and Blues


Y atrás Louis Armstrong acompaña, 
como resoplando la trompeta.







Jake Lear en guitarra y Carlos Arias en bajo. Jazz and Blues. 
Club Clavicémbalo. Lugo, Galicia. España. Enero, 2019.

martes, 11 de diciembre de 2018

El arte propio


A Lolo le gusta experimentar. Se mete en el taller y le baja la persiana al mundo. Pasa horas entre la cerámica, los hornos, el torno, el fuego, el barro y todo lo que utiliza para el proceso en que el material va tomando forma.  Por eso no se promociona tanto para vender. Dice que en eso es malo. Aunque en estos días, tiene tantos pedidos y encargos que no le queda el tiempo que quisiera para su investigación, las pruebas y los tiempos de cocción para que los colores queden a su gusto, moldear a mano, cocer las piezas. Después de experimentar en el mundo de la escultura en madera, piedra, cemento y cerámica, se graduó en Artes aplicadas (talla madera y cerámicas).




Para observar las miles de piezas que tiene en su casa, uno debe trasladarse por un espacio angostísimo con sumo cuidado. Es que rozar una pieza, llevársela puesta o pecharla no es nada fácil por más que uno lo evite.  Está llena de vasijas y platos y jarros que hace años viene moldeando de formas distintas y, que completan su taller en el que apenas entra una aguja. Es un ceramista de O Corgo, uno de esos “rincones” rurales del noroeste de Lugo en el que habitan unas cuatro mil personas. Un artista, un artesano, un alfarero, aunque no sabe cómo definirse, pero tampoco le preocupa. A Manuel “Lolo” Fernández le apasiona experimentar, hacer piezas y creaciones únicas, insiste. Y en eso anda.



 Taller del ceramista Manuel "Lolo" Fernández en O Corgo, Lugo. 
Galicia, España. Diciembre, 2018. 

viernes, 23 de noviembre de 2018

Toca (ba) el piano como un animal


Los platillos de la batería de Domingo Roverano suenan apenas. Le dan entrada al saxofonista Raúl Lema.  Suena “Peace” la composición del estadounidense Horace Silver. Raúl mira a Daniel Rodons, le hace una seña y le da paso. La guitarra hace lo suyo. El sonido es finísimo. Daniel cierra los ojos y se balancea. Cuando la melodía levanta vuelo, el pianista Rodolfo “Rolo” Suzacq entra en escena. Juntos son “Montevideo swing” una de las bandas que los viernes hace vibrar el sótano de Kalima Boliche donde funciona el Hot Club de Montevideo, la institución de jazz más antigua de América Latina que se fundó en 1950 por el capricho de un grupo de músicos aficionados, que por entonces, no tenía sede. Cinco años después se inauguró la de Guayabo casi Jackson, donde permaneció durante 25 años cuando el Hot llegó a tener  dos mil socios. En 1980 pasó a la Alianza Francesa hasta 2003 que llegó a donde está hoy, en Kalima. En el Hot Club se formaron miles de músicos, y por Montevideo swing, la primera banda de jazz de Montevideo, que este año cumplió 36 años, pasaron una “troja”.


Rolo Tenía apenas ocho años y ya tocaba el piano cuando Louis Amstrong vino al Cine Plaza de Montevideo. Fue la única vez que lo vio, pero no se acuerda. Escuchar el piano y el saxo de Ray Charles  fue todo un descubrimiento a sus jóvenes 19 años. Le “partió” la cabeza. No había cumplido veinte cuando formó Sunian, su primera banda y tocaba el acordeón piano, por esos años en que además, escuchaba a Los Beatles y Chico Novarro. Después le dio al bajo eléctrico y al saxofón que le dieron una formación orquestal para ser, más adelante, arreglador.
“Yo a la música la vivo”, dice mirando un tríptico monstruoso en blanco y negro que adornan su living: Art Tatum, B.B. King y Miles Davis. Cada uno en un cuadro y en ese orden. Enfrente, en un armario antiguo de madera, conserva 1400 vinilos y más de cien cd’s de música clásica, blues y rock and roll. Pero Rolo no pasa el día escuchando música. Ni tocando el piano. “Ese asunto de los tipos que ni almuerzan porque pasan, por ejemplo, con el violín en la falda, es un mito. “Mentira que tocás las veinticuatro horas”. Pero cuando lo hace le baja la persiana al mundo y entra en otra galaxia.


Rodolfo "Rolo" Suzacq.

Nota completa en:

viernes, 5 de octubre de 2018

Los luguenses "de patrón"

En la rotonda donde hay una fuente de agua que nunca larga chorros y donde intersectan las avenidas Madrid, Ramón Ferreiro y las calles Laxeiro, San Roque y Erín, un cartel con forma de arco y luces de varios colores da la bienvenida a la Fiesta de San Froilán. Desde ahí hacia la parte histórica de la ciudad, donde está la muralla romana, la Praza Mayor, la catedral y cientos de bares y boliches (con el mismo estilo colonial y barroco que Santiago, la capital de Galicia, por calles angostísimas por las que vas caminando y por momentos no sabes a dónde te lleva o a dónde vas a salir), y hacia los lados laterales, todo es una fiesta.

En la avenida Rodríguez Morelo, por las tres cuadras que te llevan al Parque Rosalía de Castro, de un lado habitantes y emigrantes sacan partido de la fiesta para vender desde churros, garrapiñada, ropa, llaveros, adornos, lámparas, inciensos, accesorios para celulares, artesanías –como la Feria del Parque Rodó o la de Villa Biarritz– a precios, en su mayoría, que se prestan a cualquier bolsillo. Del otro lado, muchos intentan seducir a los visitantes y ciudadanos a llevarse un premio con la lotería. Pagás un euro y tiras a embocar la flecha en el medio del círculo o la pelota en la boca grande de algún Minions. Si la metes o estás bien de puntería, te llevas un premio que puede ser un juguete para tu hijo o algo útil para el hogar. En esas los niños se divierten con varios desafíos para llevarse más de un macaco a un peluche.  O en los autitos que chocan, o girando en una caselita con caballos, o dando vueltas en una moto que persigue a otra y a otra, o en la pista de autos que es un ocho encima de otro ocho y hace que a uno se le pierde la vista cuando quiere seguir la ruta.

Muchos afrodescendientes emigrantes –tintos re tintos– que hablan en un español dificultoso, aprovechan la volada para sacar unos euros con monos de peluches, medias que venden de a tres pares, artesanías en madera o lo que puedan. Y feriantes gallegos de otras ciudades sacan provecho también del san patrono para vender sus productos. María Carmen viaja desde Ourense, esa ciudad situada al sureste de Galicia que es atravesada por el Río Miño (el mismo que bordea a Lugo), el más largo de Galicia.

Se coloca en un estand para exhibir el proyecto de licores artesanales que emprendió con su socia hace diez años, al principio como un hobby, para el disfrute en las reuniones familiares y amigo, pero ahora ya para un público generoso que lleva diez años comprando. Ya diez años, se percata, y es pura sonrisa. Es que luego de participar en la competencia de licores caseros que se celebra cada año en el Festival de Historia de Ribadavia (en Ourense), donde ganaron varios premios, los licores están obligados, a esa altura, a producirse en buenas cantidades y llegar a cuantos paladares se animaran a desafiarlos. Ellas recopilan recetas populares, de mucha tradición, como el licor de café y el de hierbas, y otras menos conocidas y más originales (y hasta innovadoras) como el licor de hoja de higuera, de canela, de cilantro o la crema de ajo. Con un proceso puramente artesanal e ingredientes naturales, lograron un resultado que, según la degustación de amigos y familiares, podría tener un alto grado de aceptación en el mercado.

Y mientras muchos luguenses van de bar en bar, de copas o de cañas, que en realidad, no es la caña uruguaya sino el chop de cerveza, los de sombrero y mocasín ellos, de vestido y taco ellas, en su mayoría, almuerzan en cualquiera de los paquetes restaurant siguiendo la tradición de comer ese pulpo, que duele entre diez y doce euros la porción de unos 250 gramos. Cuatro veces más caro que el en el San Froilán de 2017, según La Voz de Galicia. Pero al pulpo hay con qué darle como sea, dicen algunos cuando Carmen (no la de los licores), la de la pulpería Manolo de Marce, sobre la Praza da Soidade, da un paso atrás para evitar que el gigante de muchos brazos y movimientos cuando lo saca del agua hirviendo, no la ensucie. Lo de Marce explota de encaprichados por un pulpos y mariscos, cuando en un rincón de esas calles de piedra donde el que no conoce se pierde fácilmente, un mexicano, un chileno y un montevideano toman cañas y tintos sobre un barril. El flaco, el más flaco que tiene acento montevideano, es artesano y también viajó para sacarle el jugo al santo, patrono de esta ciudad tan pequeña donde dos montevideanos se cruzan y se mezclan con los porteños, los chilenos, los mexicanos, los japoneses, los ingleses y los daneses. Y los gallegos con todos juntos. Entonces la multiculturalidad fluye en esas que los jóvenes se preparan para una noche musical (todos los días hay espectáculos gratis), las iglesias no dan abasto de turistas, Lugo explota (esto recién comienza) en las fiestas del otoño más famosas de Galicia, y San Froilán agradece. Y la fuente suelta, ahora sí, chorros bien fuertes.


Pulpería Manolo de Marce, sobre la Praza da Soidade, en pleno centro 
histórico de Lugo, Galicia en la Fiesta de San Froilán. 
España. Octubre, 2018.



martes, 11 de septiembre de 2018

El colmo de una tumba


 “Primero hay que saber sufrir,
después amar, después partir
y al fin andar sin pensamiento.
Perfume de naranjo en flor,
promesas vanas de un amor
que se escaparon en el viento…”



Una mujer va a llegar con unas flores entre las manos, se va a acercar a una lápida, seguro se arrodillará e incluso, quizás, rece y llore, dejará las flores y quedará frente al muerto, recordando tiempos. Aquellos tiempos. Ése es el momento que esperan Atilio y Johnny. Es que la melancolía y el desamparo de las viudas atrae a estos hombres para jugar con su propia seducción, y los lleva a tener una cita allí, donde uno menos imagina: frente a una tumba. En ese encuentro en que intercambian ideas y frases y opiniones y discuten y sueñan, Johnny se enfoca en el sexo “crudo” mientras Atilio, con un libro que saca de su bolsillo, usa la poesía como espada para seducir. Pero nada es lo que espera. Ni tampoco el mismísimo Johnny. De la muerte, la risa. Y entre tangos, el amor y el sexo,  lo erótico y el humor, Andar sin pensamiento quiere ser un reflejo de “una parte de nuestra alma colectiva”.









Johnny, en realidad, es Tabaré Luzardo, Atilio, Roberto Fernández y ella, la viuda, Cristina Cabrera. Juntos protagonizan Andar sin pensamiento que un día del 2000, el argentino Jorge Huertas escribió. Esta obra que el viernes pasada estrenó el teatro La Candela, y recibió un premio en la división Latino Playwriters (Houston, Texas), en el concurso organizado por el Stage Repertory Theatre. Al año siguiente ganó otro premio en el Concurso Internacional de Teatro de "Casa del Teatro" de Santo Domingo, República Dominicana. Y como siempre pasa en las tablas de esos escenarios, las tablas, más allá, más acá, suenan.


viernes, 7 de septiembre de 2018

Tangueses


Entre milongas y tangos rondó la noche. De los clásicos y las melodías propias, de esas que hablan de lo cotidiano y lo urbano, de la calle, del tipo que sube a los bondi vendiendo pomada china y quita manchas, y ella llama tangueses. Con la voz de Adriana Filgueiras, la guitarra de Jorge Alastra y el violonchelo de Juan Rodríguez, Malajunta Trío.




Adriana Filgueiras. Malajunta Trío. Ayer, en Kalima Boliche. Montevideo, 2018.

sábado, 25 de agosto de 2018

Teclas mexicanas

Alexis tenía seis  años cuando empezó a tocar el piano.  Nació en México en 1974. Su música ha sido interpretada en varios países de América, Norteamérica y Europa. En 2002 recibió la Medalla Mozart a la excelencia musical, y al año siguiente el Conservatorio de Padua le otorgó el premio de composición Cesare Pollini, en México.

El jueves estuvo en Montevido, en la sala Verdi, donde dio un concierto gratuito. En la hora y media que tocó sin parar, dejó muchísimas composiciones propias e interpretaciones de otros músicos, entre ellas Milonga del Ángel de Astor Piazzolla.  Una caricia al oído, un mimo para el alma.



Alexis Aranda en la sala Verdi. Montevideo. Agosto, 2018.

sábado, 28 de julio de 2018

La Yunta


A la Yunta Trío se le dio por formarse en 2004. Y al siguiente año comenzó sus presentaciones en la capital y ciudades del interior e incluso en países vecinos y cruzando el continente. Tangueros rabiosos, están inspirados en el maestro César Zagnoli quien formó el trío de piano, bandoneón y contrabajo, sustituyendo éste último por el violín. Es que Zagnoli no encontraba un violín que le quedara cómodo al oído ni le partiera la cabeza. Con su propia lectura, la Yunta retoma su estilo, para que siga vivo, y trae una propuesta que se aleja de caer en una simple imitación. Su álbum “Potrillo” de 2010 (nominado como "Mejor álbum de Tango" en los premios Graffiti de 2011) lo confirma, y "Ni a Placé" (2014) que lo presentó la semana pasada en el Museo Nacional de Artes Visuales, también. Ellos son Sergio Astengo en el bandoneón, Gabriel Rodríguez en el contrabajo y Mayra Hernández en el piano. 



La Yunta Trío. Presentación en el Museo Nacional de Artes Visuales. 
Montevideo. Julio, 2018.

miércoles, 11 de julio de 2018

El abc de Ida


Ida no es de recordar fechas. Por eso no registra que el año que viene, se cumplen setenta años de La luz de esta memoria, su primer libro.


Ayer, en el Museo Nacional de Artes Visuales (Montevideo), Ida Vitale presentó El abc de Byobu, de la editorial Hum (Estuario), un libro que se publicó, por primera vez, en 2004 en México con la editorial Taller Victoria. Por eso Byobu “debe de haber cambiado en todos estos años, y yo ya no me hago responsable”, sonríe Ida. Es un libro que nació un poco de un tirón, un poco por su codicia de integrarse a la prosa, cuenta la poeta. Es que a ella, hacer prosa le parece mucho más difícil que hacer poesía. Por eso Byobu “nació de una cierta envidia a grandes escritores que  capaces de hacer novelas, y en el fondo aspiraba tanto, confiesa. “Así que fui yo la que a Byobu lo puso en apuros”.

Siempre nos atrae un biombo, dice la autora, por esa idea de que atrás puede haber algo. Aunque  a veces no hay nada. Pero en el caso de Byobu, trata de que aparezcan fibras de un ser humano, porque “a lo largo de la vida uno acumula experiencias que podrían transformarse en personajes o no, sea que uno se mira a sí mismo o, mucho más a menudo, cuando mira a su alrededor”. Pero, “siempre hay partículas de alguien que anda por ahí, dispersas, a la espera de que alguien las escriba”.  A Ida le tocó a Byobu, que sabía que los premios se reciben cuando uno ya está pasando la frontera, “como una manera de decir, ‘bueno señora, retírese del panorama, cumplo, cumplimos’”, y en fondo ésa es la idea que sostienen estos textos, dice la poeta también en referencia a la dedicatoria que le escribió a Alicia Torres, quién la presentó anoche, y que ella tampoco recuerda, en el libro Donde vuela el camaleón, por agosto de 1996, cuando se publicó.

– ¿Te acordás? – le pregunta Alicia.

Ida cierra los ojos y mueve la cabeza apenas, de un lado a otro.

– No contesta–. Y sonríe y hace reír al público.

La dedicatoria decía: “Cariñosamente con estas prosas fronterizas”. Entonces Alicia se agarra de esas prosas fronterizas para hablar de El abc del Byobu, que "podemos decir que es prosa poética, o que es poesía en prosa o que es poesía de ficción”. Lo que sea, “son escrituras que brillan en la libertad de un estilo en sus mismas alusiones poéticas”.

Byobu, aclara Ida, no es algo que haya nacido de un proyecto unitario, sino que fue encontrando como distintas máscaras. Pero así como el camaleón cambia de color, sin extraviar su identidad, Ida puede cambiar de la prosa al verso y viceversa sin que su voz se pierda, porque es capaz de manejar con brillantez cualquier registro, opina Alicia que se sigue agarrando de esas prosas fronterizas porque Ida, ante todo poeta, se da la libertad infinita en su proyecto poético y literario, de escribir desde otras estrategias como la prosa, y ha hecho que, en siglo XXI, se generé una explosión del fenómeno Ida Vitale.

En 2009 Ida ganó el Premio Octavio Paz, al año siguiente la Universidad de la República (Montevideo) le otorgó el Título Doctor Honoris Causa, en 2014 ganó el Premio Alfonso Reyes, en 2015 el Premio Reina Sofía, en 2016 el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, en 2017 el premio francés Max Jacob y este año fue homenajeada por la Academia de Letras de Uruguay en el Día internacional de la Poesía, repasa su presentadora, antes que Ida termine de hablar y el público se pare, se acerque a la mesa con El abc...  en la mano para recibir el cariño de la autora en otra dedicatoria. Más dedicatorias, dice Ida mirando la fila de decenas de seguidores, y vuelve a sonreír.



Fotos: Presentación del libro El abc de Byobu de Ida Vitale, ayer, en el Museo Nacional de Artes Visuales. Montevideo. 2018.

miércoles, 20 de junio de 2018

¡Uruguay nomá!



Festejo del gol de Uruguay ante Arabia Saudita, en el segundo partido de la selección en el Mundial Rusia 2018. Pantalla de IMPO, Explanada de la Intendencia. Montevideo, 2018.


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domingo, 15 de abril de 2018

El viaje más alocado


Veinte horas. Ni un minuto más, ni uno menos. Un bondi de Cutcsa, de los que circulaban por los ochenta (y antes también), con el número 2018 arriba a la izquierda, estaciona en la calle Buenos Aires, sobre el cordón de la explanada del Teatro Solís donde un flaco de camisa a cuadros, diez minutos antes, te pregunta el nombre y mira su lista de un papel blanco y chiquito. Es que ahí tenés que estar vos o el nombre de tu acompañante o el que hizo la reserva por teléfono para no quedar afuera. Los asientos son pocos. Menos de los que tiene el bondi en realidad, porque hay pasajeros que tienen su lugar asegurado, siempre. Entonces el señor de camisa a cuadros te da un papel más chiquito de color naranja a cambio de un par de billetes que le das–ahí es cuando viene la peor parte– que cinco minutos después, arriba del 2018, mostrás y canjeás por un boleto.




Un boleto que tiene el logo de Cutcsa en blanco y negro, cinco números, también en blanco y negro, el dibujito de un bondi debajo del todo y $24, aunque sabes que hoy con esa guita no vas a ningún lado. El boleto que el guarda, de camisa a rayas y el logo de Cutcsa a la altura del corazón, corta de una boletera larga y redonda, como las de antes, cuando son las veinte y cinco minutos y ya no hay asiento libre. El tipo, muy serio él, se para frente a todos prendido del barrote de arriba que brilla, aunque es viejísimo, y pega un grito con la voz como de un paisano que a los de adelante les hace llevarse las manos a las orejas o subir los hombros hasta el cuello y bajar la cabeza como gurí cagado o como cuando uno se agacha para que algo no le pegue o no le caiga encima. Ahí te das cuenta que el guarda es uno de los que te va hacer cagar de la risa, aunque él no se ríe ni por jodete. Les ves los dientes sólo cuando pasa de un lado a otro el escarbadiente que lleva pegado a los labios durante más de una hora. ¡Me apagan los aparatos!, grita con la mirada endemoniada y zarandeando la boletera. Porque si no, no hay tu tía, ni paseo. Ése que arranca en donde termina Buenos Aires, y enseguida, en la Torre Ejecutiva, dobla para seguir por San José hasta Ejido apenas una cuadra porque en el semáforo dobla de nuevo, esta vez a la derecha, para agarrar la avenida principal hasta una calle que a esa altura no sabes cuál es porque tenés que estar atento a lo que pasa arriba del bondi en ese diálogo que tienen los pasajeros –en el que de a poco (y a veces sin imaginarlo), te vas dando cuenta que muchos son truchos– y cada tanto incluso dos o tres hablan al mismo tiempo. Entonces si te perdés de una, le pifiás al hilo de los monólogos y la charla que te revela que, en verdad, son varias las historias, en la que se dan discusiones: entre el milico y el profe, la vieja y el guarda la coqueta veterana seducida por el guarda, que dos por tres descoloca a más de un pasajero cuando lo mira, le encaja una como sacada de una galera como una mago y lo hace reír a él, a la mina que tiene al lado, a la de atrás, a la del costado, a la de más atrás y al flaco que está en el fondo, contra la ventana. Entonces las carcajadas se dispersan en ese trayecto del que muchos no conocen recorrido.



Y de pronto el bondi se detiene para levantar a otro pasajero, que tampoco es pasajero, te cae la ficha después. Y es que todo ahí arriba es como una cajita de sorpresas, independientemente de que te guste o no la sorpresa. Y cuando ya pasaron quince minutos, intentas calcular, miras para afuera de nuevo y te percatás que dejaste el centro, cruzaste el Cordón y ya estás en Palermo, sin saber si quiera si cruzaste alguna parte del Barrio Sur, y ya van por Gonzalo Ramírez a la altura de las facultades de economía y comunicación, que ahora están frente por frente, cuando del fondo aparece un veterano que estaba escondido y bien calladito y suelta un vozarrón caminando por el pasillo del bondi como un borracho. Se para frente a todos y de espaldas al chofer que no pincha ni corta, dice otra de esas estupideces que les hace soltar la risa otra vez, a más de uno, aunque a vos no te duele la panza de tanto reírte, al menos por ahora, como a la rubia de pelo largo que pasa los cuarenta y está con el marido. En esas miras para todos lados porque hace media hora que estás arriba del 2018, aunque suena a destartalado el armatoste, y ya no sabes quién es quién. Sólo que vos sí sos un espectador y pasajero al fin.  Pero la cosa no termina ahí. Es que cuando llegás a esa cuadra que es empinada, Pablo de María corroboras después, el bondi se detiene. Y vos que no entendés nada o de repente se te cruza por la mente que ahí es el destino, ese señor de camisa a rayas y el logo de Cutcsa a la altura del corazón, muy serio él, te dice, ahora ya sin la boletera en la mano, que el coche, viejo y añoso tiene que hacer una parada y te obliga a bajar para que te des de lleno con una casona chiquita que de afuera parece muy coqueta, pero cuando vas entrando no sabes si reírte o llorar, por ese pasillo finito y las luces de todos colores y fotos de minas como las que posan en los almanaques de los talleres de miles de mecánicos, con una vestimenta muy sutil. Y cuando avanzas unos pocos pasos hacia adelante te enterás que estás en la Boca del Lobo, y ahí sí no sabes si seguir o salir rajando, porque el escenario es otro. Ése en donde un morocho de pantalones blancos y saco azul largo y brilloso al estilo Ricky Maravilla, de sombrero negro, lentes oscuros y un anillo de piedra grande en el mismo anular con el que agarra el micrófono, canta una cumbia que te tienta a rajar pero no podés porque ahí ningún nadie, absolutamente nadie, se salva de zarandear la cadera. Es que si no te agarra el guarda para bailar, lo hace el viejo borracho o el militar, o incluso, la veterana más veterana del bondi que hasta se termina desmayando de tantas historias de amor y desamor, y desencuentros y engaños y miles de disparates que se van desarrollando entre diálogos y discusiones y monólogos y peleas que te hacen largar la carcajada de nuevo, ahora sí, agarrándote la panza porque no podés creer que vos estás ahí viendo todo aquello tan ilusorio y tan real al mismo tiempo, y por momentos hasta violento. Entonces no sabes si sorprenderte, si bailar, si llorar o mearte de la risa en esa obra de teatro sobre ruedas que va por su temporada veintisiete y fue declarada de "interés turístico" por el Ministerio de Turismo y Deporte. La mismísima que vos hacía meses, o mejor años, sacas la cuenta, querías ver y dieron por llamar Barro Negro.



sábado, 9 de diciembre de 2017

La calle de nunca en domingo

“…Calle Yacaré
calle de nunca en domingo
a no ser, cuando entran barcos
polacos, chinos o gringos

(…)

Calle Yacaré
chico, piano y repique
que puede ser
Calle Yacaré
Calle Yacaré
candombe y gramilla
frente a los cafés…”


Roberto Darvin

Calle Yacaré, Ciudad Vieja. Montevideo. Diciembre, 2017.


Le llaman Circuito Artesanal Turístico y se instala en la peatonal Yacaré de Ciudad Vieja. Una de las primeras calles que pisan los turistas cuando bajan de los grandes barcos. Por eso comienza con la temporada de cruceros, donde varios artesanos tienen la oportunidad de comercializar sus productos y mostrar la artesanía nacional como actividad productiva y cultural. Ayer, en las primeras horas de la tarde,  el intendente Daniel Martínez inició el recorrido por Yacaré, después por Piedras, como para dar comienzo a esta época en que miles de latinoamericanos (negros y blancos) y gringos y yanquis se vislumbran con nuestras tierras mientras los uruguayos laburamos más de la cuenta –y también nos distendemos, porque vienen las fiestas (aunque odiadas por muchos), las vacaciones, la playa, el sol, la arena, el mar y esos aires–. Entonces sonaron los tambores, y hasta los borrachos se prendieron al ritmo del candombe. 

domingo, 8 de octubre de 2017

sábado, 7 de octubre de 2017

Tanguedia


La ciudad huele a tango.
Por culpa del siglo de La Cumparsita.
Y el patrimonio tiene la excusa perfecta.



domingo, 24 de septiembre de 2017

Un rey de la Habana


Pedro Juan Gutierrez, ayer, en el Centro Cultural de España, en el marco del Festival Internacional de Literatura. Montevideo, 2017. 


Lo único que quiso ser Pedro Juan fue escritor. Aunque su intención siempre fue la de escribir de un modo tan natural que no pareciera literatura. Pues, para vivir con paz interior hay que ser un imbécil, fue una de sus aseveraciones ayer, ante una sala repleta. “Lo que pasa que los seres humanos somos como el yin y yang. Cuando estamos tranquilos necesitamos un poco de conflicto para armonizar la vida y cuando tenemos demasiado estrés nos queremos relajar un poco. Entonces siempre vivimos en ese desequilibrio, que cree es necesario porque la vida es así. El arte mismo es un conflicto. No hay arte sin conflicto., dice. Y su forma de refugiarse de este mundo tan cruel y estúpido, fue la literatura.  

viernes, 22 de septiembre de 2017

Toca (ba) el piano como un animal II

"El jazz tiene una libertad que no la ofrece ninguna otra música porque cuando aprendes el tema podes arreglarlo como quieras. Después tenés la improvisación, donde continuamente disfrutas de esa libertad para hacer lo que quieras. Y es totalmente válido, pero hay que hacerlo con buen gusto".

Rolo

El pianista Rodolfo "Rolo" Suzacq en su apartamento de Parque Batlle. Montevideo, 2017. 

miércoles, 20 de septiembre de 2017

Toca (ba) el piano como un animal

"...Algunos músicos como yo, cuando tocamos 
le bajamos la persiana al mundo. 
Y entramos en otra galaxia..." 
Rolo

“¿Qué carajo quería Michael Jackson? ¿Quería ser blanco, como tantas veces se ha dicho? ¿Quería ser mujer? ¿Ser Peter Pan? ¿Quería ser un niño?”. Lo de este tipo es bestial, comenta Rolo en referencia al libro Prohíbo pensar de Sandino Núñez que tiene en una mano, después de leer el fragmento. Se ríe con ganas pero sin fuerza.

Rodolfo “Rolo” Suzacq (1949) apareció detrás del 602 después de que el timbre sonó cuatro veces, así, con por las cuerdas vocales a la miseria. Por el frío de la noche anterior, se justifica tocándose  el cuello. Es que nos juntamos con los chicos, ¿viste? Una barra de amigos que no llega a diez veteranos, de los cuales no hay uno que no toque un instrumento. En la cara le quedan huellas de la almohada. La voz le sale como el motor de un auto cuando quiere arrancar después de estar parado varios días. Le ofrecí cambiar la cita. Inclinó la cabeza apenas hacia abajo.  Me miró sobre los lentes apoyados en la punta de la nariz, levantó el índice izquierdo, lo movió de un lado a otro, señaló el juego de comedor y aunque la voz le salía pésima, sonó tajante: “Sentáte”. Me temblaron las piernas, calculo, como quedan las teclas del piano después que Rolo se ensaña con ellas.

Debajo del vidrio de la mesa cuadrada, decenas de fotografías de los tres hijos en una banda de blues que él mismo les armó para iniciarse en la música. Damián (36) le dio al piano y a la armónica, Betina (34) optó por cantar pero también toca de piano. Y Víctor (25), el guitarrista, fue “un caso especial”. A los 14 años formó su grupo de rock que sonaba “impresionante”. Así se hicieron llamar los pibes. “Si te pongo esto te vuela la tapa de los sesos”, me quiere convencer con el CD en la mano de Angelitos.  El único de la banda. Antes de ella, Víctor iba todos los sábados a clases. Con la guitarra y con Rolo.

Aunque las cuerdas vocales no le funcionan como él quisiera, Rolo tiene cuerda para rato. Puede estar horas hablando de jazz, de su relación con él, del ciclo de charlas que da, los tercer miércoles de cada mes, en Kalima, sobre la historia de este género musical que nació por la confrontación de los negros que hacían música en los barrios perdidos en la zona alta de Nueva Orleans y los criollos (creoles en inglés), descendientes de europeos con cierta cultura occidental; de Montevideo swing, la banda de jazz más vieja de Montevideo que formó en julio de hace treinta y cinco años, y por la que han pasado una “troja” de músicos. Por eso se convirtió en una escuela, de gran orgullo para su fundador. “El pibe que está tocando el bajo, hace un año que está”. Es que cuando Rolo ve jóvenes que tienen  ganas y condiciones, los invita. Y les abre la puerta. 

Y al portero del edificio de Bvar. Artigas a la altura del 1671, le alcanza con saber que uno va al sexto piso para adivinar que el pianista espera a alguien. Son muchas las personas que lo visitan. El noventa y cinco por ciento toca música, calcula el hombre de traje sin corbata. El otro cinco no, pero quiere aprender.

***

Rolo tenía apenas ocho años y ya tocaba el piano cuando Louis Amstrong vino al Cine Plaza de Montevideo. Fue la única vez que lo vio. Pero no se acuerda. Rolo no tuvo forma de escaparle a la música. Su madre, Luisa Carmen Bó, tocaba el piano y la guitarra. Y cantaba. No había momento en el hogar de los Suzacq-Bó en que no sonara una melodía clásica, una ópera o una zarzuela. Luisa se había emperrado en que su hijo fuera músico y si era pianista, mejor.

Es que el piano es una orquesta, dice Rolo. “Con la mano derecha haces la melodía y con la izquierda los bajos, ya sea de maneras distintas o rítmicamente como un bajista hace un walking bass [técnica de acompañamiento] e incluso agregas algún firulete, entonces haces hasta cuatro cosas con dos manos. Es maravilloso. La guitarra es más limitada, por eso la mayoría de los arregladores son pianistas”. 
Además, sigue, cuando sos pequeño no tenés opinión. Si no te impulsan no encarás a estudiar un instrumento. Y no hay nada como lo que se aprende de niño, asegura. Por eso él también se encaprichó con sus tres hijos.

 “Yo quiero hacer eso”, dijo Rolo un día que estaba en la casa de una amiga, en Atlántida, cuando escuchó a Ray Charles (1930-2004). Por eso toca el piano como un “animal” desde los 19 años. Se acuerda “clarito” de eso. Es que le “partió la cabeza”. Y de ahí no paró. Hasta tiene el piano debajo de la ventana del cuarto, al lado de la cama, como gurí chico rodeado de chiches. A esa edad Rolo formó Sunian, su primera banda, con Beatriz Nicolini en la batería y Gustavo Antúnez en la guitarra. De la conjunción de las primeras letras de los tres apellidos surgió el nombre. Lo anormal por esos años era ver a una mujer en una banda y, encima, batera.  En ese entonces Rolo tocaba el acordeón piano. “Me había aburrido de los estudios clásicos, y hábilmente mis padres me trajeron un acordeón de Italia de ciento veinte bajos. Lo normal era de ochenta”.  Con ese instrumento descubrió que tenía oído musical, cuando escuchaba a Los Beatles y el Club del Clan con Palito Ortega, Violetas Rivas, Johny Tedesco y Chico Novarro eran el boom. Aquellos temas sencillos como Despeinada y Camelia él los sacaba en ocho minutos. Ahora los canta con la afonía encima, zarandeando el cuerpo desde la silla y con los dedos sobre la mesa del living como si tocara el piano de verdad. Y se ríe. Ahí fue cuando arrancó. Después no paró de tocar nunca, salvo durante un cortísimo tiempo, por sus actividades como  empresario y por la situación de la música que lo desanimó, cuando en el  69’ no había pianos eléctricos. “Dejaba el teclado con gotas de sangre de darle duro, porque en los ensayos, con la batería y el bajo, el piano no estaba amplificado, simplemente le sacaba la tapa de adelante”. Después se aburrió y le dio al bajo eléctrico y al saxofón que le dieron una formación orquestal para ser, más adelante, arreglador.

A Rolo le fue imposible abandonar la música. “Vos ves que vivo rodeado de música”, repite dibujando con el índice un círculo en el aire y ojeando el apartamento desde donde no se ve ni un gota de mar, sólo la inmensidad del Parque Batlle. “Yo a la música la vivo”, dice mirando el tríptico en blanco y negro que adorna el living. Art Tatum, B.B. King y Miles Davis. Cada uno en un cuadro y en ese orden. En un mueble antiguo de madera guarda como una reliquia 1400 vinilos y más de 100 cd’s de música clásica, blues y rock and roll. Pero Rolo no pasa el día escuchando música. Ni tocando el piano. “Escucho el último disco que sale de lo que sea, y ese asunto de los tipos que ni almuerzan porque pasan por ejemplo con el violín en la falda es un mito. Habrán uno, dos, pero mentira que tocás las veinticuatro horas”. Para arrancar el día y “funcionar” se toma un tazón de café con la radio de jazz del cable de fondo. Después empieza con ensayos, las clases, los alumnos y el almuerzo y una siestita de por medio. Manso.

Echarse a volar

Los primeros afiches con las imágenes de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr que salieron en el Río de la Plata los tiene Rolo en una de las paredes del dormitorio, frente a la cama. En un cuadro, arriba y al centro, Ray Charles simula la vista que perdió de niño con lentes oscuros y ríe a más no poder. “Los Beatles nos llevaron de la mano. Con cada long play que salía nos iban mostrando por donde había que ir. Ahora no tenés un líder. Hay una falta de liderazgo en todas las disciplinas y por eso en el jazz se está dando lo que se llama fusión de fusión, porque no aparecen tipos con una propuesta nueva estéticamente agradable, o desagradable como pasó con el free jazz en la década del 60 con John Coltrane.  

– ¿Por eso te desanimaste musicalmente hablando?

Claro, porque además esto de hacer jazz es una pasión. Si mirás lo económico te retirás porque no compensa lo que ganas con el tiempo que tenés que invertir para tocar bien. Yo hace 40 años que estoy en esto y sigo aprendiendo. Nunca terminás de dominar el instrumento. Imagínate que un maestro como Dizzy Gillespie diga que la trompeta es infinita, ¡a la pipeta! Cuando leí eso quede de una pieza.

– Y durante años fuiste empresario.

– Sí. Pero como pasa en general, en el jazz el círculo es muy pequeño. Es intrincado. Y para lograr una buena capacidad de improvisación  tenés que hacer una iniciación que lleva años, eso no es para novatos. Además hay una cosa que me gusta explicar y es que el jazz hace rato que dejó de ser música popular. En la década de 40 con el bebop, con Charlie Parker, Kenny Clarke y otros. El bebop es complejo y difícil de penetrar. Los músicos lo hicieron difícil porque no querían que fueran temas silbables con líneas melódicas claras, agradables. Fue otra cabeza que produjo un cambio muy grande en el jazz.

- Lo decís con enojo.

- Sí, sabes lo que pasa, que con el swing de la década del 30 el jazz era masivo. En New York había bailes de 200 personas en locales grandísimos. Hasta que  Estados Unidos entró en la guerra y el asunto se desinfló bastante. No se conseguían saxofones ni trompetas porque todo el metal se destinaba para hacer tanques de guerra y armas, y los discos hicieron así [da vueltas los pulgares y chifla]. Por supuesto que más trascendente fue que las mujeres salieran a trabajar, a producir y armar municiones. Pero desde el punto de vista musical fue un cambio muy grande.

- ¿Cómo aterriza el jazz en Uruguay?

- El jazz acá llegó antes que yo [se ríe]. Fíjate que el Hot Club se fundó en 1950, cuando tenía un año. El local histórico era en un sótano del bar de un gallego en Guayabo y Jackson, un período que fue aún bastante flaco para el Hot Cub, en los 60 y 70.

- ¿Cómo llega Rodolfo “Rolo” Suzacq al Hot Club?

- [Se ríe]. Esa una historia de varios intentos fallidos. Siempre ha sido una especie de cofradía. No era nada fácil entrar. Primero porque hay que tocar bastante, sea el instrumento que sea. No vas a escuchar un principiante en el Hot Club. Además yo traía fama de blusero y en aquellos años los que tocaban jazz en el Hot Club miraban por arriba del hombro. Como que vos fueras un músico inferior. Finalmente uno me abrió la puerta.

- Siempre hubo rivalidades entre el jazz y el blus.

- Sí, siempre. Se alimenta de que el músico de jazz se siente más capaz porque toca una música más compleja.

- ¿Y es así realmente?

- No, no es real. Desde el sentido armónico es más complejo. Un blus son tres tonos: tónica, subdominante y dominante mientras que un tema de jazz cualquiera, tiene por lo menos siete acordes de armonía o más. Pero el problema no está en la cantidad de acordes, sino cuando improvisas. Improvisar arriba de un blues es más fácil.

- En una de las charlas en Kalima [la próxima es el 16 de agosto] decías que primero tenés que aprender la partitura del tema y después lo “coloreas”.

- Ahí está el tema. El jazz tiene una libertad que no la ofrece ninguna otra música, porque cuando aprendes el tema podes arreglarlo como quieras. Después tenés la improvisación, donde continuamente disfrutas de esa libertad para hacer lo que quieras. Y es totalmente válido, pero hay que hacerlo con buen gusto.

- ¿Estás de acuerdo en que improvisar es componer?

- Sí, pero lo estuve meditando bastante tiempo. Pero cuando improvisas haces frases y esas frases las compusiste vos. Ahora, te salen una vez y después no te salen más. Siempre queremos que la improvisación sea diferente y se llega a un punto cuando tenés muchos años tocando jazz. En el propio ensayo cuando cada músico se destaca solo, hace solos distintos, porque es parte del desafío. Entonces tiene que ser capaz de variar lo que tocó, lo que improvisó.

- Imagino que en ese solo influye el estado anímico, las emociones, el momento de vida que está transitando.

- Totalmente. Además, algunos músicos como yo, cuando tocamos le bajamos la persiana al mundo real. Entramos en otra galaxia. Yo me siento en el piano y ya salí de acá [la casa], del sótano, el restaurant o donde esté tocando. Estoy adentro del piano. Porque tenes que pensar mucho lo qué haces. Cuando estoy en el Hot Club no veo el público.

- ¿Que sentís cuando tocas?

- Es interesante y es un tema que se trabaja. No podes dejarte llevar por el entusiasmo. Tenés que mantener cierta calma para tocar. Eso yo lo sufría. Improvisaba por la destreza pero tocaba sin decir nada, lo que llamo un escaleo. Es mentira que el músico al hacer el solo saca la creación en el momento. Los solos se estructuran, se preparan en el cuartito, atrás de la pared, donde sea, si querés hacer algo con contenido. Ahí está la diferencia. Y ahí está la libertad. Ahí.

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12.31. Ni más ni menos. Sonó el timbre. Daniel Rodons viene con su guitarra colgada de un brazo. Se escapa por media hora (o una, a lo sumo) de sus alumnos. Los que aprenden inglés con él. Hace doce años que Daniel toca con Rolo e integra Montevideo swing, pero hace más tiempo que hace vibrar las cuerdas de cualquier guitarra que agarra. Desde 2014 lo hace con Álvaro Ganduglia,  y Carlos Laicovsky en Tríptico, la banda que él mismo formó, y se puede ver, los tercer jueves de cada mes, en Kalima. Pero el trío es otro capítulo.


Esta noche, desde las 21.oo, Rolo vuelve a la esquina de Durazno y Jackson,  al boliche que huele jazz por donde se lo mire, con más historias de jazz y de negros norteamericanos de los años setenta, con el swing que contagia cuando hace sonar los acordes en su teclado Yamaha y entra en su galaxia. La de la libertad. 


Rodolfo “Rolo” Suzacq, en su apartamento de
Parque Batlle. En el cuadro,  Ray Charles. 
Montevideo, 2017.