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domingo, 10 de marzo de 2019

El entroido de la fariña

Las campanas anuncian el entroido. Las docenas que cuelgan de diez, once, doce, cinturas masculinas, pero también de niños y niñas. Alcanza con que esos cuerpos que visten trajes, rojo y amarillo, y pañuelos de muchos colores en la espalda, se muevan apenas para que las campanillas suenen al compás y al unísono. Son los volantes, el personaje de ese entroido tradicional que reúne a los poquísimos pueblerinos que habitan Santiago da Riba en Chantada, Lugo. Y por eso a cualquier que los visita lo hacen sentir como en familia.  Al volante, lo escuda el peliqueiro o maragato. El personaje malvado y peligroso por la vara que usa para defenderlo, y asusta de cerca con la máscara de piel que esconce su rostro y a primera vista o de muy cerca impresiona como un monstruo de ficción.

Después de saltar y correr y girar y hacer resonar las campanas, los volantes salen del escenario, en fila y rumbo al pueblo en busca de los otros. Los que se visten con ropajes diferentes pero más comunes, y hasta en paños menores, según la teatralización que satiriza el trabajo y el oficio de los chantadinos, el quehacer cotidiano, las costumbres. Ahí es cuando se desparraman risas que se hacen carcajadas por la broma, la burla que se adueña de todo carnaval y que Chantada cierra con la fariña (harina) encima de todo cuerpo que no se aleja del escenario. Y es que más allá de ese espacio, uno no tiene por donde salir corriendo. El terreno es reducido, entonces no hay cómo zafar de la fariña. Y otra vez, el entroito vomita risas.









Carnaval de Santiago da Riba, Chantada. Lugo, Galicia.
 España. Marzo, 2019.

sábado, 12 de enero de 2019

Tríptico, Jazz and Blues


Y atrás Louis Armstrong acompaña, 
como resoplando la trompeta.







Jake Lear en guitarra y Carlos Arias en bajo. Jazz and Blues. 
Club Clavicémbalo. Lugo, Galicia. España. Enero, 2019.

miércoles, 19 de diciembre de 2018

Re Nacer


“Necesito renovar mi interior
dibujarse es vivir, el presente es un proyecto anterior
se agotó por aquí, necesito desarmar el taller
aprenderse es vivir, raspar el empapelado de ayer
no dejarse dormir
Necesito repintar la razón, pelechar es vivir
Necesito refrescar el renglón, remojarse es vivir
darme fe tener determinación detenerse es morir…”

Fernando Cabrera







Y un día empezás de nuevo. Comenzás a ver todo diferente como si cambiaras aquellos lentes oscuros por unos más claros. Sentís que revivís, que algo late distinto. Y arrancas con todo aquello que viviste y que hacen tu historia como la mejor enseñanza de tantas experiencias que, también, te hicieron. Entonces enprendes un nuevo camino, con otro aprendizaje, que no será color de rosas porque es parte, sabiendo que mucho de todo aquello no tiene sentido repetir porque aceptaste y comprendiste que no estuvo bien, que hizo, y te hizo daño. Y respiras, una vez, dos, tres en ese viaje (con más trenes) que es otro y, sin duda, te hará distinta. Que te hará –entre el espejo y el silencio y los pájaros y el viento y la lluvia y la soledad– confiar en cosas que antes no creías, y hasta reís de otra manera (con el estómago mismo) en un nuevo equilibrio que te hace meterte la rabia y el enojo que cargaste, desde que saliste del vientre de tu madre, empezaste a respirar y aprendiste a caminar, en el bolsillo. Es que ya no te sirve, lo sabes. Algo late distinto. Con una luz, que como el lente de la cámara y la luna, siempre son testigo. Y re-naces.

jueves, 13 de diciembre de 2018

Alma gemela, mía


Y estás ahí, con tu sonrisa,
Amiga, madre, hija, MUJER
Alma gemela, cómplice,
Compañera, Fiel (con mayúscula)
sensible, tierna, luchadora.




Y la pensión del chavo, los Jaimitos, los boliches y las birras, y las risas interminables. Las vueltas en el Latu, los viajes en bondi y en bicicleta, los picnic, las mañanas en Tristán, los Sabinas entre mil noches y días, y las sopas de ganzo con la Tabaré y las flores y los bichos de La Vela con Claudia enfrente y la Yola que en estos tiempos iba y venía, los mates, las tardes en los parques y la rambla, los libros (los que leímos y los que escribiríamos), las fotocopias y los cocorocooooo, y después los títulos en tiempo de ferias, y miles de cuentos y fotografías, y asados y copas de jazz, y tantas noches en el sótano entre pianos y bajos y contrabajos y saxos y guitarras que nos hicieron vibrar, y risas que se hicieron carcajadas entre más birras y boliches rato después que yoyaye se potenció como los mates y las risas mismas, y sin límites, entre recuerdos en valijas de memorias que se reviven y sueños que laten, y el jaque en el que fuiste y sos cómplice. Y gracias a la vida que nos ha dado tanto, hermana mía, la del alma, la gemela, la cómplice y todo. "Y me llega el amor", el más puro, el más bello, el de la felicidad completa, el que no tiene límites ni fronteras, ni color ni tamaño ni esperas. El que se entrega. Ese amor que te hace única. 

martes, 11 de diciembre de 2018

El arte propio


A Lolo le gusta experimentar. Se mete en el taller y le baja la persiana al mundo. Pasa horas entre la cerámica, los hornos, el torno, el fuego, el barro y todo lo que utiliza para el proceso en que el material va tomando forma.  Por eso no se promociona tanto para vender. Dice que en eso es malo. Aunque en estos días, tiene tantos pedidos y encargos que no le queda el tiempo que quisiera para su investigación, las pruebas y los tiempos de cocción para que los colores queden a su gusto, moldear a mano, cocer las piezas. Después de experimentar en el mundo de la escultura en madera, piedra, cemento y cerámica, se graduó en Artes aplicadas (talla madera y cerámicas).




Para observar las miles de piezas que tiene en su casa, uno debe trasladarse por un espacio angostísimo con sumo cuidado. Es que rozar una pieza, llevársela puesta o pecharla no es nada fácil por más que uno lo evite.  Está llena de vasijas y platos y jarros que hace años viene moldeando de formas distintas y, que completan su taller en el que apenas entra una aguja. Es un ceramista de O Corgo, uno de esos “rincones” rurales del noroeste de Lugo en el que habitan unas cuatro mil personas. Un artista, un artesano, un alfarero, aunque no sabe cómo definirse, pero tampoco le preocupa. A Manuel “Lolo” Fernández le apasiona experimentar, hacer piezas y creaciones únicas, insiste. Y en eso anda.



 Taller del ceramista Manuel "Lolo" Fernández en O Corgo, Lugo. 
Galicia, España. Diciembre, 2018. 

jueves, 29 de noviembre de 2018

El hombrecito araña


Un nuevo sol salió, 
un 29 de noviembre,
de hace nueve años,
despejó todo y nos iluminó. 

Santino. 

sábado, 24 de noviembre de 2018

Ellas, y el amor


La risa, la inocencia, el sentir, 
la complicidad, las cosquillas,
los corazones detrás simbolizando el amor, .
ése amor. 
Y el que irradian ambas, 
cada una por su cuenta.


Isabella y Dina. Montevideo. Mayo, 2018.

viernes, 23 de noviembre de 2018

Toca (ba) el piano como un animal


Los platillos de la batería de Domingo Roverano suenan apenas. Le dan entrada al saxofonista Raúl Lema.  Suena “Peace” la composición del estadounidense Horace Silver. Raúl mira a Daniel Rodons, le hace una seña y le da paso. La guitarra hace lo suyo. El sonido es finísimo. Daniel cierra los ojos y se balancea. Cuando la melodía levanta vuelo, el pianista Rodolfo “Rolo” Suzacq entra en escena. Juntos son “Montevideo swing” una de las bandas que los viernes hace vibrar el sótano de Kalima Boliche donde funciona el Hot Club de Montevideo, la institución de jazz más antigua de América Latina que se fundó en 1950 por el capricho de un grupo de músicos aficionados, que por entonces, no tenía sede. Cinco años después se inauguró la de Guayabo casi Jackson, donde permaneció durante 25 años cuando el Hot llegó a tener  dos mil socios. En 1980 pasó a la Alianza Francesa hasta 2003 que llegó a donde está hoy, en Kalima. En el Hot Club se formaron miles de músicos, y por Montevideo swing, la primera banda de jazz de Montevideo, que este año cumplió 36 años, pasaron una “troja”.


Rolo Tenía apenas ocho años y ya tocaba el piano cuando Louis Amstrong vino al Cine Plaza de Montevideo. Fue la única vez que lo vio, pero no se acuerda. Escuchar el piano y el saxo de Ray Charles  fue todo un descubrimiento a sus jóvenes 19 años. Le “partió” la cabeza. No había cumplido veinte cuando formó Sunian, su primera banda y tocaba el acordeón piano, por esos años en que además, escuchaba a Los Beatles y Chico Novarro. Después le dio al bajo eléctrico y al saxofón que le dieron una formación orquestal para ser, más adelante, arreglador.
“Yo a la música la vivo”, dice mirando un tríptico monstruoso en blanco y negro que adornan su living: Art Tatum, B.B. King y Miles Davis. Cada uno en un cuadro y en ese orden. Enfrente, en un armario antiguo de madera, conserva 1400 vinilos y más de cien cd’s de música clásica, blues y rock and roll. Pero Rolo no pasa el día escuchando música. Ni tocando el piano. “Ese asunto de los tipos que ni almuerzan porque pasan, por ejemplo, con el violín en la falda, es un mito. “Mentira que tocás las veinticuatro horas”. Pero cuando lo hace le baja la persiana al mundo y entra en otra galaxia.


Rodolfo "Rolo" Suzacq.

Nota completa en:

jueves, 22 de noviembre de 2018

En silencio, sin verdad ni justicia


Se fue…

Entre tantos silencios,
sin verdad ni justicia
y entre tanta impunidad.




20ª. Marcha del Silencio. Montevideo. Mayo, 2015.

jueves, 15 de noviembre de 2018

El chin chin por la Yola


La computadora marcaba 19.33. De fondo sonaba Andrés Calamaro. Yo estaba en un boliche céntrico acompañada por una rubia porque ya era noviembre y había más de veinticinco grados que se prestaban, esa vez, para una Schneider. Tampoco podía perder la costumbre y  era la excusa para entrar en ese viaje. Faltaban apenas diez días para juntarnos (¡por fin!) como tantas veces. Abrazarnos, ponernos al día con los cuentos, sonreír primero, reírnos después, hasta que esa risa se transformara en carcajadas y nos hacía soltar los lagrimones y temblar el cuerpo  por tanta pelotudes junta para después, ahí, agarrarnos las tres la panza y hacer sonar los vasos con un chin chin –una, dos, tres veces– cuando, a esa altura, nos sentimos siempre “piripipi”, por no decir en pedo, nos abrazamos de nuevo, volvemos a reír y reír. Y lloramos de la risa.

En aquel boliche con la Schneider y Calamaro de fondo, mi deber era encender la computadora, abrir decenas de carpetas y archivos, y viajar por los trece años de amistad (¡qué viaje!) para armar el álbum que la Yessi ideó como reglo perfecto. El de los cuarenta. Faltaban poco más de una semana para que ella cumpliera cuando yo estaba sola en el boliche entre fotografías y miles de recuerdos y el porteño solista (que me trae otros recuerdos) que seguía cantando justo esa canción que brinda “por las mujeres que derrochan simpatía” y brinda “por los que vuelven con las luces de otro día…” como para hacerme ir entrando en calor y en el festejo, y como si él también fuera parte del mismo. Ése que ahora también celebro a miles de kilómetros porque ya pasó un año y ella cumple de nuevo. Y que lo parió el tiempo, pienso porque parece que fue ayer que le tuve que explicar (para justificar mi risa solitaria) al flaco rubio de rulos, en una mesa de al lado, que en menos de diez días, mi amiga estaba por cumplir años de nuevo. Es que no paraba de la emoción entre tantas fotos, la nostalgia de los años y la emoción que a esa altura se mezclaba entre la sonrisa y el lagrimón que, ahora, me asalta de nuevo cuando abro, desde acá, las mismas carpetas (y otras más) y la recuerdo con la torta de los cuarenta en la cara y en esos días en que caminábamos juntas por ese pueblo que es ciudad en realidad, pero que ella llama pueblo (porque las de interior de nuestro país, mueren después de cierta hora, y culturalmente, dice, no hay nada pa’ hacer), cuando se emperraba en mostrarme ese bolichito –al que planificábamos ir más adelante por la Rosssana que canta “un día de colores llegará”– que por donde se lo miraba estaba cerrado aunque ella se empeñaba en que no podía ser que estuviera cerrado, y caminábamos por las calles que dormían la siesta de las dos de la tarde de un lunes. 

Ese lunes en que celebramos la luna nueva y la vida que, hoy, celebro desde acá por tenerla de compañera, de hermana del alma, de cómplice, de AMIGA, por todos esos momentos en que se nos ponía la piel de gallina y moqueamos juntas y reímos hasta el cansancio y el hartazgo, y por todos esos que vendrán, en que primero nos abrazaremos largo y fuerte, después sonreiremos y nos pondremos otra vez al día con tantos cuentos (porque van a ser muchísimos más los cuentos, para después sí entrar en ese trance de reiremos y reírnos, hasta que carcajada plena y abundante y, entonces, sí llegará el momento en que soltaremos lagrimones y temblarán nuestros cuerpos por tanta pelotudes junta (de las tres juntas) y nos agarraremos la panza para después hacer sonar los vasos o las copas con un chin chin (y más rubia ) una, dos, tres veces, cuando, a esa altura, nos sentiremos siempre “piripipi”, por no decir en pedo, y nos abrazaremos de nuevo, volvemos a reír y reír. Lloraremos de la risa y seguiremos queriéndonos como siempre. Sin límites.

Ahora faltan más de diez pero menos, mientras, desde acá con Calamaro otra vez, espero que "ése día de colores llegue" y "brindo por el momento en que tú y yo nos conocimos…” cuando la computadora me marca las 18.33. 


Florida, Uruguay. Abril, 2018. 

jueves, 25 de octubre de 2018

El viaje al pueblo fantasma


Era la primera vez que ella viajaba en tren. La comían los nervios a pesar de su inexpresión. Escuchaba las ruedas sobre los rieles, miraba atónica el paisaje en ese recorrido de campo y muros grises añejos y  unas nubes entre un cielo limitado por la ventanilla que divisaba un horizonte apenas.

Vaya uno a saber qué esperaba de ese pueblo en el que sólo había un par de hamacas, una panadería,  unas diez calles de pedregullo, a lo sumo (aunque  no las contó) y eran perfectas para patear piedritas (aunque tampoco lo hizo), un bar en el que dos gatos runruneaban en las sillas para los visitantes y se movían siguiendo el sol y un par de hombres acodados a la barra con whisky y cañas en vasos sucios de huellas y falta de agua. Y cruzando la calle principal, la única importante del pueblo y la misma donde deja el tren, un sauce que daba sombra cuando el sol se ponía rabioso, y un río. Allí pasó la tarde juntando, ahora sí, piedritas, acariciando el pasto y los yuyos, zafándoles a los mosquitos, adorando el cielo y sus pájaros, haciendo formas y figuras en su mente  con las nubes que iban de un lado a otro y era lo único que se movía en ese pueblo (al menos por esas horas desde el mediodía hasta la tarde) en el que las siesta parecía eterna y ni siquiera los fantasmas daban señales.



Tren a 25 de Agosto, Florida. Uruguay. 2013.

martes, 23 de octubre de 2018

Viajecito éste que vamos


“…Este ferrocarril es un ferrocarril de hierro
Este ferrocarril escupe humo negro.
Y va hacia la ciudad,
Y la ciudad tiene también
un corazón de hierro..”

Líber Falco


Tren a Peñarol. Montevideo, Uruguay. Julio, 2015.


sábado, 13 de octubre de 2018

viernes, 12 de octubre de 2018

Los abuelos en Aquelarre

Hogar de Ancianos Schiaffino. Montevideo, Uruguay. 2015



Libertad estaba triste. Sus ojos brillaban. Ese día alcanzó a hablar con su hija. Le dijo que iría a visitarla, pero nunca llegó. No es la primera vez que pasa. Pero bueno, hay que seguir, dice ella.

A Olga le sonó el teléfono. La hija le avisaba que llegó bien a su casa después de la visita. Olga se pone feliz por eso, pero hace tiempo se pregunta cuándo Dios se va a acordar de ella, porque para qué vivir así, siendo un estorbo. “Para mí la vida terminó”, dice.

Loreley se quejaba. Que las rodillas, que le cuesta caminar. A pesar del andador, se cansa. Los días pasan, insiste, con un chasquido y una levantadita de cejas. Desde que está en el hogar, se enfrenta al espejo sólo para ver cómo quedó la camisa, el saco, o si el rosario que cuelga de su cuello está derecho. Hace tres años que no se detiene a observar la Loreley con arrugas y mañas y los achaques de todo viejo. Cuando se ve en la foto, ésa que me pide que le muestre, aprieta los labios y sonríe. Después un silencio. Ese silencio en el que se percata que la foto es como el maldito espejo “Los años pasan”, murmulla y otras vez el chasquido. “Los años pasan...”

El Hogar Schiaffino está lleno de historia. Y de historias. Ancianos que ya no están, que van y vienen, y los que vendrán. En 2015 residían cerca de cien en tres sectores diferentes. En uno, son alrededor de treinta dependen de tres o cuatro funcionarias para comer, cambiarse el pañal, bañarse, mirar televisión o caer en la cama a la hora del sueño. Son sesenta, entre hombres y mujeres –aunque más mujeres– los que trabajan en tres turnos y por dos vintenes.

El Hogar Schiaffino, ubicado en Aires Puros, no cuenta con suficientes medios para su mantenimiento. Algunas habitaciones están inhabilitadas. Pero fue declarado patrimonio nacional por su valor arquitectónico, testigo de la belle époque montevideana. Se inauguró en 1880. Por eso el Día del Patrimonio, de hace tres años, tres integrantes de la Orquesta Clásica de Montevideo, le pusieron otro ritmo a la mansión (que ocupa una manzana), con una viola, un chelo y un violín. Es el único día al año que uno tiene para visitar un hogar de ancianos aunque allí no tenga abuelo o bisabuelo. Es el único día al año que uno tiene para caer en la cuenta que hay miles de ancianos, en decenas de hogares que viven aislados del mundo y muchas veces en condiciones muy pobres. Y solos.

Las melodía que a Libertad la hacen soñar, sonaron. A veces, muchos se pierden entre sueños. Otros se encomiendan a Dios y le piden fuerzas.




Fotoreportaje ganador del llamado a Sala 2018 
Escuela Aquelarre

Inauguración  viernes 12 de octubre 2018



Nota y fotoreportaje en la diaria:




miércoles, 3 de octubre de 2018

Mirando al sur


Padrón, municipio de la provincia de Coruña, 
en la comarca del Sar, Galicia, España. Setiembre, 2018.




sábado, 29 de septiembre de 2018

La misma lengua y, sin embargo, otro lenguaje


Levanto la cortina que cubre la pequeña ventana, a mi derecha. La ciudad está despierta, a pesar de la noche. Llego, y las azafatas se encargan de anunciarlo. Aterrizo el domingo, en horas de la madrugada, en la inmensidad del aeropuerto de Barajas en Madrid, España. Es la segunda vez que subo a un avión, la primera vez que cruzo el continente, y la primera que viajo a Europa, así que también la primera vez que piso las tierras donde nació Manolo, el papá de mí mamá, hace ciento veintinueve años. Mi panza es un mar de cosquillas. Le digo al hombre de barba, el masculino de azafata, que en una de las servilletas con la bandeja de la cena, se fueron mis aparatos. Frunce las cejas, la frente se le arruga. Me mira raro. Piensa. Es que no entiende a pesar de que habla mi misma lengua. Le hago señas. Llevó el índice a la boca, a esa sonrisa enorme que no quiere ser sonrisa en realidad, pero me revela los dientes como la mejor publicidad de una pasta dental, me llevó los dedos de la mano derecha, que uno, a la boca. El azafato achina los ojos y luego de unos segundos, que se me hacen eternos, mueve la cabeza hacia adelante y hacia atrás. A los cinco minutos (para mí media hora) vuelve con mi paladar color rosa y alambres de metal. “Tuvo suerte”, me dice en ese momento de las doce horas en que aún vuelo por las nubes. Suspiro, pero no tan fuerte como el ronquido del veterano de negocios que va a mi lado y después sale del asiento como si un bicho lo picara cuando la voz del piloto sale del parlante anunciando la llegada y agradeciendo en inglés y en español la elección de la aerolínea.

Una pantalla grande en Barajas me indica que aquí, son las cuatro y cincuenta, pero las agujas del reloj que llevo en la muñeca, me dicen que en mi país, son las once y cincuenta, y aún es sábado. Mi madre estará despierta esperando un “llegué bien” cuando yo ya estoy en el día siguiente de haberme embarcado. Acá la hora es diferente y, aunque el idioma no es inconveniente, muchas palabras significan distinto.

Levanto mi equipaje de la cinta que no para de girar y preguntó por la “T4” donde me espera otro check in para combinar el vuelo a Santiago. Me dicen que debo coger la escalera mecánica y salir a la estación a tomar un autobús. No puedo evitar el primer impacto de “coger” la escalera, en vez de subir, e ir a la estación que no es la de trenes sino la parada de ómnibus (de autobús) dentro del aeropuerto. O la estación de servicio que acá llaman gasolinera, me entero después, donde los autos, que es lo mismo que decir coches echan combustible como  nosotros, los uruguayos (que algunos españoles o gallegos tienen la maldita costumbre de confundirnos con argentinos o paraguayos, cuando en Uruguay está minado de gallegos) decimos cargan nafta por la vaga cuestión de generalizar los diferentes tipos de combustible y achicar las palabras, por eso preferimos nafta.

Entonces sonrío (ahora sí con ganas) sola, frente a una morocha china o japonesa, emigrante como yo, que me observa extrañada, y es turista al igual que yo (aunque mi estadía se extenderá al menos por un año), y a un grupo de jóvenes que hablan unos en francés y otros en inglés, y yo no entiendo nadita, entre la inmensidad del aeropuerto donde hay códigos y señales internacionales para que nadie quede afuera ni se pierda de un McCafé o una McHamburguesa. Está lleno de extranjeros de todas partes (Ricardo Darín hace cola para su check in) y yo me siento una ciudadana del mundo cuando, otra vez, las cosquillas revolotean en la panza pero ya no de nervios sino del hambre que me pica. Es que el sándwich del avión, para nosotros un refuerzo, no dio ni para una entrada. Ahí me cae apenas una de las fichas, que es lo mismo que decir que tomo conciencia de que dejé a mi madre y a mis hermanos y a mi sobrinos y a mi cuñada, y a mis amigas y amigos, a mi gente querida, a mi apartamento –eso que en España le llaman “piso”, y a cuánta cosa me iré acostumbrando–, y (por fin) la estación y con ella la noche y unos pocos compañeros y clientes que sé, preguntarán por mí, a mi Montevideo y decenas de libros y recuerdos y varios kilos de armiño para no pagar ciento cincuenta dólares porque sobrepaso los veintitrés kilos, y un saco y unas botas y decenas de remeras y pantalones y polleras y buzos y miles de pertenencias y recuerdos, cuando no hace mucho aterrizar en Barajas era impensable. “Bienvenida a España”, me dijo el chofer del autobús (¡bus!) que me llevó a la Terminal cuatro (a diez minutos para mi sorpresa aunque me habían alertado de que aquello era grande), en esa escala interminable y horas antes de aterrizar en Santiago donde me esperó, para mi suerte, un uruguayo, a esa altura, ya como un hermano.  Y aunque no la llevo en la espalda la bandera de Uruguay está conmigo. 



Aeropuerto de Barajas, Madrid. España. Setiembre, 2018. 

sábado, 4 de agosto de 2018

Conectar con el alma

Hace catorce años que María Noel sabe de yoga. Esa disciplina que hace a unos cerrar los ojos, concentrarse y conectarse con el alma, con el espíritu. Ese estado en el que uno simplemente está. Y todo queda en calma. Entonces la tierra se siente más y el amor fluye. Todo fluye. 

Espacio Udumbara. Parque Batlle, Montevideo. 2018.

jueves, 26 de julio de 2018

Como un pájaro volando II


Ella cierra los ojos. Siente.
Sueña. Anhela con tocar el cielo como en los cuentos.
Como si fuera un cuento de hadas.
Se zarandea. Hacia atrás, hacia adelante.
Siente.
Ríe.
Y en esa risa uno ve la inocencia, la pureza.
Y ama.
Como nunca.
Infinitamente.


Parque Rodó. Montevideo. 2015




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miércoles, 11 de julio de 2018

El abc de Ida


Ida no es de recordar fechas. Por eso no registra que el año que viene, se cumplen setenta años de La luz de esta memoria, su primer libro.


Ayer, en el Museo Nacional de Artes Visuales (Montevideo), Ida Vitale presentó El abc de Byobu, de la editorial Hum (Estuario), un libro que se publicó, por primera vez, en 2004 en México con la editorial Taller Victoria. Por eso Byobu “debe de haber cambiado en todos estos años, y yo ya no me hago responsable”, sonríe Ida. Es un libro que nació un poco de un tirón, un poco por su codicia de integrarse a la prosa, cuenta la poeta. Es que a ella, hacer prosa le parece mucho más difícil que hacer poesía. Por eso Byobu “nació de una cierta envidia a grandes escritores que  capaces de hacer novelas, y en el fondo aspiraba tanto, confiesa. “Así que fui yo la que a Byobu lo puso en apuros”.

Siempre nos atrae un biombo, dice la autora, por esa idea de que atrás puede haber algo. Aunque  a veces no hay nada. Pero en el caso de Byobu, trata de que aparezcan fibras de un ser humano, porque “a lo largo de la vida uno acumula experiencias que podrían transformarse en personajes o no, sea que uno se mira a sí mismo o, mucho más a menudo, cuando mira a su alrededor”. Pero, “siempre hay partículas de alguien que anda por ahí, dispersas, a la espera de que alguien las escriba”.  A Ida le tocó a Byobu, que sabía que los premios se reciben cuando uno ya está pasando la frontera, “como una manera de decir, ‘bueno señora, retírese del panorama, cumplo, cumplimos’”, y en fondo ésa es la idea que sostienen estos textos, dice la poeta también en referencia a la dedicatoria que le escribió a Alicia Torres, quién la presentó anoche, y que ella tampoco recuerda, en el libro Donde vuela el camaleón, por agosto de 1996, cuando se publicó.

– ¿Te acordás? – le pregunta Alicia.

Ida cierra los ojos y mueve la cabeza apenas, de un lado a otro.

– No contesta–. Y sonríe y hace reír al público.

La dedicatoria decía: “Cariñosamente con estas prosas fronterizas”. Entonces Alicia se agarra de esas prosas fronterizas para hablar de El abc del Byobu, que "podemos decir que es prosa poética, o que es poesía en prosa o que es poesía de ficción”. Lo que sea, “son escrituras que brillan en la libertad de un estilo en sus mismas alusiones poéticas”.

Byobu, aclara Ida, no es algo que haya nacido de un proyecto unitario, sino que fue encontrando como distintas máscaras. Pero así como el camaleón cambia de color, sin extraviar su identidad, Ida puede cambiar de la prosa al verso y viceversa sin que su voz se pierda, porque es capaz de manejar con brillantez cualquier registro, opina Alicia que se sigue agarrando de esas prosas fronterizas porque Ida, ante todo poeta, se da la libertad infinita en su proyecto poético y literario, de escribir desde otras estrategias como la prosa, y ha hecho que, en siglo XXI, se generé una explosión del fenómeno Ida Vitale.

En 2009 Ida ganó el Premio Octavio Paz, al año siguiente la Universidad de la República (Montevideo) le otorgó el Título Doctor Honoris Causa, en 2014 ganó el Premio Alfonso Reyes, en 2015 el Premio Reina Sofía, en 2016 el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca, en 2017 el premio francés Max Jacob y este año fue homenajeada por la Academia de Letras de Uruguay en el Día internacional de la Poesía, repasa su presentadora, antes que Ida termine de hablar y el público se pare, se acerque a la mesa con El abc...  en la mano para recibir el cariño de la autora en otra dedicatoria. Más dedicatorias, dice Ida mirando la fila de decenas de seguidores, y vuelve a sonreír.



Fotos: Presentación del libro El abc de Byobu de Ida Vitale, ayer, en el Museo Nacional de Artes Visuales. Montevideo. 2018.

jueves, 5 de julio de 2018

Celeste, regalame un sol

David sigue con la camiseta bien puesta como tantos caniches y chiguaguas lo harán mañana. Y otra vez se pintan miles de rostros, las cabezas visten sombreros de espuma plast, decenas de uñas se esmaltan de blanco, amarillo y celeste, las bufandas abrigan los cuellos de Uruguay, en los locales se inflan nuevos globos, las oficinas cierran sus puertas o cambian de horario, la explanada de la intendencia se llena de charrúas que gritan hasta quedar sin voz, los boliches y las mozas no dan abasto, el pabellón viste las espaladas de miles, y balcones y vidrieras, en los parlantes suenan Jaime Roos y el Canario con “Uruguayos campeones de América y del mundo” o No te va a gustar con “Cielo de un solo color cielo que me sigue enamorando…”. Entonces miles de pieles se ponen de gallina, los corazones laten fuerte, los nervios revuelven estómagos y la impotencia y el temor nacen en algunos que opinan que la cosa sin el Eddi no es lo mismo. Pero la locura es bien celeste y “se renueva la ilusión”. La calle, los comercios, la gente, la ciudad, todo, se paraliza para ser más oriental que nunca. Y es que “hay algo que sigue vivo”, aunque Francia esté salado. Algo sigue vivo.



Montevideo. Junio, 2018.