Afuera las mesas están casi
llenas. Faltan 10 minutos para que la bola empiece a rodar en el césped del
Estadio Centenario en la 11ª. fecha de las Eliminatorias. El mozo me acerca una
mesa justo cuando cae la primera gota. Yo que vos me voy para adentro y agarro
la mejor, me dice. Y me convence. No llego a estar sola ni dos minutos. El
boliche se llena. Se levanta viento y los jugadores están por entrar en la
cancha. Un veterano de ojos celestes, barba blanca y pelo gris me pregunta algo
que de antemano no entiendo. Quiere asegurarse que el partido está a punto de
empezar. Es brasilero y aliado nuestro. Los brasileros nos quieren a los
uruguayos.
“Maravilloso, emocionante,
conmovedor”, no deja de adjetivar Alberto Sonsol por la 890. Donde haya un
uruguayo, seguro hay emoción, continúa más exaltado que muchos que lo escuchan.
Pero contagia. ¡Marchen dos Patricia!, le grita uno de los mozos al que está
detrás de la barra cuando el juez pita y la pelota gira. El mozo aplaude.
¡Vamo’ Uruguay, vamo!, le sale de las entrañas. Eduardo Mateo sonríe desde el
fondo en un inmenso cuadro, pintado a mano, que ocupa media pared. Y las gotas
amagan en caer más fuerte. Lo olores se entremezclan: el aire a lluvia, las
pizzas a punto en el horno y el aceite hirviendo para esas milanesas de carne y
las papas fritas que esperan más de uno. El calor del horno es potente. De a
ratos una brisa corre y el viento, tímidamente, empieza a hacer lo suyo.
El Estadio está repleto,
cuentan los comentaristas y la televisión lo muestra y al boliche le quedan
sólo dos mesas vacías. Los jugadores se acomodan, sortean el arco y rezan para sus adentros para que Dios y la suerte no los abandone. El brasilero se ríe. El
yanqui también. A mí se me eriza la piel y me tomo el primer trago helado de mi Pato.
La adrenalina es contagiosa y la esperanza de ganar crece. Una amiga me avisa
por whatsap que intenta conectar el partido por internet y que en la rambla de
Pocitos ya llueve. En Ciudad Vieja el agua es puro cuento. Levanto la jarra y
brindo sola. Por Uruguay.
El Matador la roba, apenas
empieza y el mozo entra el pizarrón, que recuerda las promociones, porque la
lluvia sigue amagando. Una pareja entra y se acomoda y los platos se entreveran
y el kétchup chorrea esa carne roja que ya fue partida por el yanqui, y al
boliche, ahora, tampoco le entra un alfiler. En apenas unos minutos dos jugadas
instantáneas. No marcamos como debemos, comenta Martín Charquero, y en el fondo
cinco pibes abren las cervezas. Full contra Ronal. Caen unos gringos y el
boliche no da abasto. Y los mozos también.
La doña del barrio que es pura
arruga se levanta, se mueve, mira a un lado y otro y lo saca de quicio al tipo
que está detrás que se muerde la lengua para decirle ‘señora quédese quietita,
el partido ya empezó’. El rubio del fondo, uno de los cinco pibes que fueron en
barra, suspira, menea la cabeza. La arrugada estorba, el mozo va y viene con
las manos hasta las manos y en la cancha Uruguay mete huevo.
El calor es potente y salen
pizzas y fainas y más fritas. Y córner. Pura adrenalina. 12 minutos. Llega el
Seba Coates que la mete de cabeza y ¡Goooll! La garganta de Sonsol explota y la
barra de pibes del fondo también. Esa pelota, esa pelota, me dice el brasilero
que mueve las manos, levanta los brazos y me dice algo que no entiendo porque
Alberto me taladra los oídos, y al veterano de barba blanca le hago que sí con
la cabeza como los locos y la moza se cruza con dos jarras congeladas y dos
Patos más para alguien que acaba de llegar y uno de la barra quiere abrir otra
antes de terminar la primera rubia.
El yanqui registra ese momento
para el recuerdo y El Matador de dientes filosos putea, hace gestos en el medio
de la cancha. La barra del fondo está hipnotizada frente a la pantalla. Uruguay
juega más decidido que Ecuador, opina ahora Charquero. La veterana, pura
arruga, muestra los dientes que le faltan porque algo le causa gracia y señala
el televisor, algo le dice a la morena, también del barrio, que me había dicho
‘saca fotos, saca fotos’. La hinchada del Estadio grita. En la Olímpica,
parece, no entra más nadie. Ecuador no está cómodo ni ha podido hacer el juego
que vino a hacer, dice el comentarista, y Suárez sigue siendo un peligro y le hace
agarrarse la cabeza a medio boliche. Y buen arranque de Coates que sale y se la
pasa a Suárez que va por la izquierda y la doña queda como congelada con la mandíbula abierta a más no poder, el mozo revolea los ojos y quiere
cortarle el tubo al pelotudo que del otro lado pide muzzarella y fainá y
cerveza, calculo, y por favor que el delivery se apure.
El fuego del horno arde contra
la pared y hace transpirar al pizzero que tampoco saca los ojos del televisor. Y que no se quemen las pizzas, por favor. El papel del menú sobre mi mesa vuela por la brisa que otra vez trae
el viento que ahora es más fuerte y nos hace poner el saquito a más de una.
Muslera se defiende con los puños y la bola queda entre sus brazos. Suárez
protesta de nuevo porque los ecuatorianos no lo dejan en paz y el pibe de la
barra del fondo que tiene la camiseta de Peñarol se muerde los labios. El flaco
de al lado putea y el nene de no más de 2 años que le cincha la camiseta al
padre y lo mira desde abajo, llorisquea del susto (o porque nadie le da bola).
Llega Rolan y queda ahí nomás y lo de Suárez es de no creer, dice Sonsol que
lo deja sin palabras y a la barra del fondo largar un !Ahhhh! en coro. Hay
una sensación de que todo lo que hace lo hace perfecto, se mete ahora
Charquero, y el Estadio grita porque le roban la pelota a nuestro goleador que
muerde cuando lo buscan, pero el periodista deportivo refuta que el ecuatoriano
se la sacó bien, que no hubo falta, pero en el bar alguien se acuerda de la
madre que lo parió y hasta la concha de la madre del ecuatoriano. Suárez es un
demonio y el yanqui, que no dejó ni el pan rallado de la milanesa, se ríe y ni
se toca. Le dice algo a su mujer que no llego a entender por el barullo y por Sonsol, pero también, su inglés es imposible para mí castellano.
Pumba, revienta Uruguay. A
Suárez le falta alguien para dialogar en el pase justo, comenta Charquero. Muchos extrañan a Cavani. El
mozo no aguanta más y se clava una muzzarella, la flaca del barrio se muerde
las uñas y la morena tampoco saca los ojos de la pantalla. Torres García
observa con rostro apenado desde otro cuadro más grande que el de Mateo.
Ecuador busca el empate pero con Muslera en el arco para los negros de camiseta
amarilla es como sacarse la lotería. Uruguay sigue dominando y el mozo se
atraviesa medio boliche con dos platos de fritas. ¡Marchen las fritas! El
partido es celeste, Uruguay presiona. Rolan no está preciso ni fino en los
pases y Ecuador, para nuestra suerte, no defiende bien, aunque nosotros tampoco
hemos tenido muchas chances de gol. Amarilla para Fidel Martínez porque le
entra duro al Matador, y ¡vamos pibes que se puede!, gritan del fondo, y el
horno no da abasto y salen más pizzas. Y Paraguay le gana a Perú 1 a 0 en los
43 minutos de Uruguay-Ecuador y un ¡Nooooo! deja casi muerto el bar porque Felipe
Caicedo nos clavó la bola en el arco en el minuto 44. Golazo. Silencio.
La flaca me mira con consuelo,
el brasilero de ojos lindos menea la cabeza y el mozo tiene la puteada en el
alma pero la aguanta. La aguanta solo por un ratito. Es que enseguida, enseguidita,
se convierte en un suspiro y los nervios se aplacan y los gritos renacen y el
niño vuelve a llorar y el yanqui hace la foto de la barra del fondo con los
brazos abiertos y se la muestra a la mujer y la boca con la “o” que se estanca
unos segundos porque todos gritan el segundo que mete Diego Roland que no
estaba siendo preciso. El Estadio aplaude, el boliche también y los jugadores
se van al vestuario y ¡vamo’ uruguay, vamo! que el partido es nuestro y medio
boliche aprovecha a tomar aire y fumar un pucho para calmar los nervios, y yo
le escribo a mi amiga "cómo está esto por Dios".
***
Brasil hace un gol y el segundo
tiempo de Uruguay se pone tenso. A Suárez, otra vez, no lo dejan avanzar. El
juez se calienta pero no saca tarjeta. En la mesa de los yanquis ahora una
pareja uruguaya se clava una napolitana completa en unos platos que no pueden
más. El brasilero y la doña pura arruga se hicieron amigos y, ahora, conversan
en la misma mesa. A mí me entran las ganas del pichi y me queda media rubia, pero
ni en pedo voy al baño porque si me levanto seguro Suárez la mete y me la
pierdo. Mi amiga me escribe de nuevo, dice que La Pasiva de Pocitos está hasta
las manos y se ríe: Sos como los viejos que escuchan la radio mientras mira la
televisión me manda por whatsap, pero ella también se prende de alguna radio
porque ahora no tiene donde verlo. Y la imagen del Maestro Tabárez es un poema, y
full para el Cacha que trancó lo que pudo haber sido gol. Ecuador busca el
empate como sea y presiona más. Uruguay los revienta y el partido está más
parejo y ¡vamo’ uruguay, vamo’ descarga el de Peñarol que no suelta la jarra ni
por jodete y el boliche está paralizado y la muzzarella es puro aceite pero se
deja comer. Ecuador llega más al arco. Muslera no se rinde.
Como está esto por Dios, me
sale ahora de adentro en voz alta para aliviar el grito que no descargo y un
remate del mordedor que se fue por arriba a la izquierda paralizó al boliche
entero. La doña no puede creerlo y se lleva las manos a la cara y yo aprieto las piernas para aguantar el
pichi que ahora se agudiza por el frío que entra y de atrás un veterano golpea
la mesa y me hace saltar con un ¡arriba uruguaaaaaay! Ecuador la lucha y quiere
el empate y la celeste la pelea hasta la muerte y los corazones laten y más de
uno quiere que esto se termine ya. El boliche se llena de pelotudos que pasan,
entran y se paran frente a la tele que seguro recién se percatan del partido.
Se amontonan en la puerta estirando el cuello cuando mi amiga recién tomó el
bondi, y el 15 de Ecuador se liga una amarilla y, ahora, los negros de camiseta amarilla juegan
mejor y meten huevo.
Dale, dale, le grita la doña a
Coates y las arrugas de ese rostro que tiene más historia que el del Maestro, le
resaltan. Mi amiga me avisa que hay otro
corner de Ecuador y me río porque le recuerdo que yo sí tengo una pantalla
enfrente y me manda otro mensaje: “muy poco fútbol esta noche”, escribe y me
hace largar la carcajada y la puta madre que se me escapa el pichi, y le
contesto que se parece a Charquero. Y Brasil metió el segundo y a Argentina lo
está dejando chatito y que cada uno atienda su juego, dice Sonsol, cuando ya
vamos en los casi 30 minutos del segundo tiempo. Los pibes en la cancha dejan
todo, los del boliche se aprietan los dientes y yo las piernas. A mi
botella le queda un cuarto y sigo aguantando el pichi. Suárez la gana, el Mono
Pereira arranca una carrera pero lo frenan, el mozo no lo cree y revolea la
cabeza, la moza va y viene con envases vacíos y más Patricias.
La morena me mira, pendiente más de mis fotos que del partido, la doña y el brasilero están de cháchara y el morenito que ligó una
muzzarella, también me mira de reojo. Algo me va a pedir. Uruguay aguanta,
ahora a duras penas, el 2 a 1 como yo el pichi y vamos que queda menos. Quedan
15. Sólo 15 pero una eternidad. Mi amiga se caga de risa del otro lado y me
insiste en que vaya al baño, pero no porque seguro Suárez la mete y me la
pierdo, le copio el mismo mensaje. Seguro la mete y me la pierdo. Y
atravesar el boliche hasta el fondo sería una odisea. Y Muslera nos salva de
nuevo, y el morenito está chocho con esa muzzarella, pero algo me va a pedir.
Perú le empata a Paraguay y la arrugada y el brasilero siguen dándole a la
lengua y en el Estadio la gente chilla por el full que le hacen, ahora, a
Stuani y en varios puntos del país renacen las puteadas.
Peligro. Escapó, giró, Vecino
la pasó y Suárez que la agarra y no la suelta y en el boliche más de uno se
come las uñas y otro corner para Ecuador y el peligro aumenta. Y a Sosnol no le
da la garganta, la saca el Cacha y el mozo, otra vez, se agarra la cabeza, el
Estadio entero protesta y yo me aguanto el pichi. Uruguay se defiende con esa
garra charrúa y Novoa la pone otra vez en peligro y la puta madre que los parió
y los jugadores se chocan y de nuevo full. Y otra vez las arrugas de la doña que
es como si quisieran salirse de su rostro y los pibes del fondo ya se prenden
del pico de la botella y Mateo sonríe desde el cuadro. Y esto está cada vez más
peleado y los minutos pareciera que no pasan nunca y sigo aguantando el pichi y
la adrenalina del boliche explota y la garganta de Sonsol pide basta.
Y el Mono que ahora la pierde, y la rey de la
mierda se le escapa al veterano y la flaca del barrio se está quedando sin
dedos y mi amiga me escribe que ya le queda menos para llegar. Y al partido le
quedan 4 minutos, más los de descuentos, y el Mono otra vez que la pierde, y
vamos Mono, vamo, grita el veterano y el de la camiseta de Peñarol que se
prende del pico de vuelta y el nene que ya no llora pero pide que alguien le dé
bola, y Uruguay lucha y lucha y patea y marca y los pibes dejan hasta lo que no
tienen en la cancha y los ecuatorianos que la pelean. Godín que la saca y
Muslera se cae y por Dios. El mozo pregunta si hay más fainá, y alguien desde
adentro le responde que sí cuando yo me tomo el último trago, ya caliente, de
mi rubia. El morenito me fija la vista, me pide una coca cola (sabía que algo
me iba a pedir) y quedo paraliza porque el Estadio explota aplaude y el boliche
también. El juez pita por fin. ¡Uruguay nomás!, sueltan en coro los del fondo. La doña y la flaca festejan de brazos levantados y se abrazan, la morena busca mi mirada y mi cámara, el
brasilero sonríe. Uruguay llegó a los 23 puntos, mi amiga por fin a su casa y
Eduardo Mateo sigue sonriendo. Y yo corro, ahora sí, a soltar el pichi. ¡Uruguay
nomá!
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Boliche en Ciudad Vieja, ayer, durante el partido de Uruguay-Ecuador. Montevideo, 2016. |
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