jueves, 13 de noviembre de 2014

Así lo quiso el destino

Me cautiva una sensación por salir sin rumbo. Dos vueltas en la cerradura y veo el 148. Es ése. Cómo sería aterrizar en “Aviación por Lezica”. La guarda me mira a los ojos con un “buenas tardes” suave y amable y me agradece ni bien el ómnibus pega la vuelta en el barrio más histórico. Buen comienzo. Busco un asiento contra la ventanilla. Quedan sólo los de atrás, encima de las ruedas que te llevan a los saltos como el zamba del Parque Rodó, pero con una buena visión. En la parada siguiente una veterana sube con dificultad. Busca una ventana, sin registrar que la trabajadora la saluda cordialmente. No tiene más opción que sentarse en el fondo, de lado del chofer. Nadie se sienta con nadie. Son puras mejillas pegadas al vidrio, ojos clavados en el afuera, pensamientos de ambulantes y oídos con auriculares que simulan estar en otro mundo para no escuchar los chusmeríos de los pelotudos que se prenden a exhibir sus rupturas amorosas en la radio, celebradas y convertidas en el show de la tarde por Orlando Petinatti. Por eso me enchufo también. Dejo que Astor me deleite con su bandoneón mientras el aire fresco me alivia el olor insoportable del viejo con nariz de borracho que va tambaleándose entre sus sueños y los fierros y cayendo sobre mi hombro. Me muevo para zafar de ese cuerpo pesado, mientras un pibe prendido del barrote me mira con consuelo. Qué momento, pero pobre tipo. Al menos tiene cara de bueno, no como ese concheto cuarentón de lentes fashion que se cambió de asiento ni bien quedó una ventanilla libre. Me sorprende: Aún conserva la boletera de tamborcito.
Suspiro. El borracho reacciona y se baja. Pero el ómnibus se va llenando y me espera una tortura. Un adolescente ocupa su lugar con una cumbia que le aturden los tímpanos. Quiero que desaparezca, pero apenas terminó de acomodarse en los fierros que siguen sonando como si fueran a destartalarse y me conducen a la otra punta de la ciudad, donde no hay mar y todo es distinto, supongo, y rezo para que no sea también su destino.

Unos bajan, otros suben. Dos mujeres hablan a los gritos. La teñida de caoba sin dientes delanteros, nos cuenta que a las cuatro tiene que llegar a algún sitio y no sabe cómo va a hacer. Son la vergüenza del ómnibus delatan las miradas cómplices entre algunos pasajeros y otras que buscan la vista exterior evitando esas voces chillonas que sobresalen en más de un auricular.
El celular del joven suena, increíblemente, con un tono sutil. “Me dejó tirado”, le dice a la voz del otro lado. “Me fui al seguro, se me cayó un somier en el pie y toy yendo pa’ casa”. Y en eso veo un morenito de no más de 8 años que coloca estampitas sobre las piernas de los pasajeros sin mediar palabra alguna con mirada pudorosa y sumamente triste, en el instante en que casual o milagrosamente Piazzola me toca la Milonga del ángel. Con desinterés por la imagen de algunos de los santos que lleva impresos busco monedas en mi bolso, pero desapareció en un santiamén para suerte del músico que con su guitarra nos canta Amándote de Jaime Roos. ¿Amará ganarse la vida así? En ese recorrido son varios los que buscan ganarse la vida sobre ruedas. Un tipo nos quiere vender un producto “útil y necesario para el hogar” que elimina toda mancha como la exagerada que se hizo en su camisa blanca para demostrarnos que no es puro verso. La desdentada y su amiga murmuran a risas y le compran el quita manchas que a la mayoría parece no convencernos.

Nos entremezclamos en el mismo bondi, al decir de los chetos como esa veterana tan maquillada que da asco sólo con verla por esa máscara de base que simula las arrugas y deja al descubierto un cuello pálido; o el canoso sesentón de pelo engominado, gafas oscuras, sobretodo largo y mocasines brillosos, que me echa un vistazo al descender porque lo intimido. Ellos y la señora de uñas largas al rojo vivo que le combinan con el pañuelo de seda y que ya descendió, no tienen ni puta idea de lo que es vivir en el mundo de la desdentada ni del sacrificio que hacen para ganarse unos pocos pesos la joven de campera y gorra azul de Esso, o la veterana que lleva un pesado bolso de Seccom y pide una cama a gritos, o el obrero que carga la máquina de cortar el pasto. Ni muchos menos imaginan la vida de ese pobre niño, seguramente sin cédula, obligado a mendigar para llevarles el pan y la leche a su madre y sus cuatro o cinco hermanos más chicos que él. Ni del pibe que va a mi izquierda que sigue con su cumbia y la tararea loco de contento por regresar a su casa sin mucho dolor, al parecer, por el somier que le aplastó el pie. “Cuando para aquí, cuando para allá, canta palmeándose la pierna.

Cruzando el mugriento arroyo Miguelete un joven de ojos azules despampanantes que descolocan a la desdentada y su amiga nos pide los boletos. Miméticamente todos revisamos bolsillos y carteras y ellas cuchichean sin sacarle la vista de encima, mientras los de a pie van apretados e incómodos, y otros tantos con rostros exhaustos o medio amargos como el mío por tener que fumarme esa cumbia que ahora dice que “se muere de celo y envidia”, y el boquitoqui del divino inspector del que salen voces de algún sitio. Suspiro, nuevamente, con alivio: Llegamos a Colón, por fin el plancha se baja.
Lezica no es el barrio que imaginé, al estilo Casabó. En amplios jardines lucen grandes chalets de ladrillo a la vista que bien podrían ser de aquel canoso engominado o la coqueta con kilos de maquillaje. En la avenida que lleva su nombre la elegante Iglesia María Auxiliadora espera a sus fieles, y más adelante, grandes galpones son o fueron fábricas en algún tiempo.

“Destino” nos avisa la guarda a mí y otra mujer que parece tan perdida como yo. Y ahí estoy, como en el medio de la nada, con el viento golpeándome la cara y zumbándome el oído entre una plaza sin nombre y un campo vallado donde descansan cinco avionetas. Un rubio solitario me dice que “están buenos los aviones”, cuando se percata de mi presencia. Eduardo es del barrio y va todos los días a verlos. Su padre era aviador. “Se hace chiquito el avión, allá va”, lo sigue con el dedo hasta perderlo en el horizonte. Me cuenta que andar una hora duele 1600 pesos. Imposible para su bolsillo. Me despido y camino hacia el pueblo que aún no despertó de la siesta y está lleno de perros y paradojas: En la plaza con hamacas y juegos para niños, un cartel advierte Espacio para adultos, una pancarta anuncia un candidato a diputado de un tal Vázquez con Pedro Bordaberry y las garitas de ómnibus se disputan grafitis entre el Bolso y el Manja que alcanzo a ver al subir a otro 148 que me dejará en la misma parada. Me vuelvo con la sensación de haber estado en un interior profundo que nada se parece al bullicio capitalino y con Eduardo que me susurra, pero no el soñador de avionetas, sino el Darno que me canta que “aquellos aires me sedujeron”.


                                
Lezica. Agosto, 2014.

miércoles, 12 de noviembre de 2014

La espera

Al parecer, estos gimnasios que han invadido plazas, ramblas y otros espacios de la ciudad, han sido una pegada para quienes aprovechan su gratuidad para ponerse en forma. Las mascotas se deleitan del paseo al aire libre y esperan el final de la sesión.


Plaza Zabala, Ciudad Vieja. 2014.

martes, 11 de noviembre de 2014

Ésa azotea

"...Subo el alma a la azotea
Para que esté libre y pueda jugar
La ropa de la vecina
Cuelga y mira para acá..."

Fernando Cabrera


Ciudad Vieja, 2013.

Me resulta casi imposible asociar esta foto con esa frase de Cabrera. Esa azotea, frente a mi balcón, tiene un qué se yo... 

domingo, 9 de noviembre de 2014

Grande Chino!

Los 90 minutos ya estaban jugados. Peñarol ganaba 1 a 0. En tan sólo los últimos cuatro minutos de descuento, Nacional dio vuelta el partido: 2 a 1. El primero de Iván Alonso, el segundo de Álvaro Chino Recoba. La Colombes y la Olímpica explotaron.  Inolvidable para los tricolores (y los aurinegros también).













viernes, 7 de noviembre de 2014

Hoy amanecimos entre niebla


"El corazón de mi pueblo

tiene un destino de nube,
es niebla que en lluvia estalla
y arroyo que al cielo sube,
multiplicada frescura
para calmar al sediento,
rocío en versos colgado
en los perfiles del viento;
mi pueblo ríe, mi pueblo canta,
todos los pueblos en su garganta..."


Alfredo Zitarrosa



jueves, 6 de noviembre de 2014

Recetas para (avivar) el consumo

“La explosión del consumo en el mundo actual mete 
más ruido que todas las guerras y arma más 
alboroto que todos los carnavales”.

Eduardo Galeano
“Patas arriba. La escuela del mundo al revés”.


Los primeros o segundos jueves de cada mes, los locales del centro lucen en sus vidrieras carteles grandes y coloridos: “20, 30 y hasta 50% de descuento”. Otros seducen con un “hoy descontamos el IVA”. ¡Consume, compre, no se pierda las grandes ofertas!
Y algunos empresarios contratan a hombres de buena parla. Incitan a los (las) de billete fácil o tarjeta débil a visitar su comercio a cambio de un coqueto paquete.
“¿Ya lo vio? ¿Vio lo que tiene puesto? ¡Esto es mucho mejor! Por favor, sírvase”, versa este hombre a cuánta mujer se le cruza en el camino para vender el “producto ideal” para cualquier dama, según dice ser (ropa tejida).

“Pero  señora, no se lo pierda”.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

La tregua

Allí estaba el obrero. Escapándole al sol del mediodía, que tanto soporta sobre su cabeza y su cuerpo barre que te barre en el asfalto. Tomándose el descanso que todos los laburantes desean cuando la pequeña aguja del reloj dio ya cuatro vueltas. Y al parecer no estaba solo.

Ciudad Vieja. 2014.



domingo, 2 de noviembre de 2014

¡Viva la patria!

Entró. Así, de una, como sin anestesia, como siempre suele hacerlo. Cazó la guitarra y sin mediar palabra alguna empezó:

 Cuerpos en calor, desprendiéndose de la tierra
cuerpos sin control, o hay algo en vos que los controla
Cuerpos convertidos en algo inflamable
cuerpos convertidos en algo mas que etéreo


(…)


El escenario lucía varios colores por los efectos de las luces. Y entre patrias, vivezas, fines y bardos recorrió su discografía con tonos y ritmos nuevos pero con ese estilo tan particular, único que lo caracteriza y que a sus fanáticos nos seduce tanto. 




Como sucede siempre luego de la (supuesta) última canción, la sala estalló en (casi) infinitos aplausos. Y volvió con sus músicos y nos dejó dos más. La última, ahora sí, El tiempo está después. Y sí, después de esa, no cabía pedirle otra. Aquellas filas infinitas saliendo de central”, de la Zitarrosa, para conseguir esa entrada gratis al rayo del sol como con "gritos de ternura pidiendo para entrar” valían más que la  pena. Qué mejor homenaje para los 15 años de la Zitarrosa que Cabrera.
Los miles de rostros con sonrisas de oreja a oreja evidenciaban el festejo de anoche. Hasta dos hippies saltaban locas de contentas en el cordón de la vereda como si fuese un sueño, un increíble sueño, cantándolo “un día nos encontraremos en otro carnaval /Tendremos suerte si aprendemos /que no hay ningún rincón / que no hay ningún atracadero / que pueda disolver /en su escondite lo que fuimos / el tiempo está después”.




sábado, 1 de noviembre de 2014

The network society

Una turista en plena galería moderna de Estados Unidos (aunque elegiría otros lugares antes que visitar Norteamérica). Así me sentí ayer en el Latu. Una visita improvista en la feria que nada tenía de artesanal como Hecho Acá. Esa sí me gustaba. Ésta apestaba de tanta tecnología junta.
Nuevos modelos (no los últimos porque a Uruguay llega todo con cierto retraso) de celulares, tablet, plasmas y hasta una impresora en 3D, conquistan a la “sociedad móvil en red” como avizoró, años atrás, Manuel Castells*. El fin: "Convertir la tecnología avanzada en ideal para reducir la brecha de la conectividad". Pero, realmente, ¿estamos conectados?









Vivimos en un constante movimiento que, paradójicamente practicamos en reposo, sin movilidad corporal alguna. Viajamos sin movernos. Gracias al colosal mundo de internet (las redes sociales, las web’s, etc.) que nos ofrece esa “comodidad”, en que, como dice Bauman** “las distancias ya no importan”. Es que “la industria actual está montada para producir atracciones y tentaciones”. Por eso no terminamos de leer el manual del moderno aparato que acabamos de adquirir cuando el mercado nos abruma con el modelo siguiente que tiene las mismas aplicaciones, pero un poquito mejoradas. Y así “nos volvemos nómadas, siempre conectados” y nos convertimos en una sociedad de consumo en la que, a decir de Bauman, no se trata de “la avidez de obtener y poseer, ni la de acumular riqueza en el sentido material y  tangible, sino la emoción de una sensación nueva e inédita”.







Ya no nos conformamos con comunicarnos sólo a través de un teléfono de disco una o dos veces al día como hace 20 años ni ver una foto impresa en el álbum ni leer las noticias a través del papel diario.  Ahora vivimos pendientes del último modelo de celular, del iphone, la tablet o la computadora. Cuánta razón tenía Castells al decir que “los consumidores buscan que se los seduzca” y el mercado cumple creando, “nuevas prácticas sociales, valores y modelos de organización” en la interacción entre sociedad y comunicación. Sin reconocer los desarrollos y beneficios de la tecnología, me da pena que los niños y jóvenes del siglo XXI se pierdan de esconderse tras los árboles, saltar a la rayuela o jugar a la payana. Aunque deben quedar algunos, en los rincones de la periferia, que saben de esos juegos y los ganan.








   * La sociedad móvil en red. Manuel Castells. Ariel, Barcelona, 2006.
** La globalización consecuencias humanas. Zygmunt Bauman. Fondo de Cultura Económica, San Pablo, 1999.