Decía Cartier Bresson: “La fotografía es una forma de gritar lo que sientes”. Y sí. Ella es huella de la realidad, ésa que captan mis ojos. A través de la imagen, y con mi sensibilidad mediante, intento expresar la vida cotidiana, sus momentos, sus personajes, sus gestos y el instante preciso e inolvidable, grabado en la memoria, por siempre.
lunes, 7 de septiembre de 2015
sábado, 5 de septiembre de 2015
Servir, pues
Explota. El mercado del Puerto
explota de gente. Los mediodías de sábados. Es el boom de la Ciudad Vieja. Es
el lugar que todo turista quiere conocer. Es el paseo casi obligado de la capital
uruguaya. Su popularidad así lo indica. Y no es casualidad que esté donde está.
A los pies de los cruceros, del desembarco de los visitantes que viajan en esos
gigantescos barcos de puro confort.
Las parrillas se encienden, las
carnes invitan al banquete. Los labrurantes, sudan la camiseta mientras van y
vienen con los platos. Otros aprovechan la bolada para conquistar al visitante:
guitarristas, algunos vestidos de gauchos (la ropa típica oriental) se acercan a las barras y dedican
serenatas de canto popular; floreros intimidan al hombre con el obsequio
perfecto para su recién enamorada. Y montevideanos se encuentran en un apretado
abrazo mientras el clásico Roldós es testigo de tanto festejo, tanta
abundancia.
Mercado del Puerto, hoy. Ciudad
Vieja, Montevideo.
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jueves, 3 de septiembre de 2015
Memorias de Eduardo
“De
tiempo somos.
Somos
sus pies y sus bocas.
Los
pies del tiempo caminan en nuestros pies.
A la
corta o a la larga, ya se sabe, los vientos
del tiempo borrarán las huellas.
del tiempo borrarán las huellas.
¿Travesía
de la nada, pasos de nadie?
Las bocas del tiempo cuentan el viaje”.
Las bocas del tiempo cuentan el viaje”.
Eduardo Galeano
De Bocas del Tiempo
Ese día, el de la foto, Eduardo
hablaba con ese tono pausado que lo caracterizaba. Un tono que sacaba de quicio
a cualquier ansioso. Se tomaba su tiempo para decir. Ese día, Joan Manuel
estaba de visita por Montevideo una vez más (presentaba un disco en el
Velódromo) y Brecha cumplía los años de plata. Ahí estaba Galeano, celebrando
junto a un montón de compañeros dos décadas y media del semanario. Y si a Eduardo no se
lo hubiera llevado la muerte, estaría hoy festejando 75 años. El tiempo.
Tiempo.
martes, 1 de septiembre de 2015
Malabares
Hace 14 años que Lucía se para frente a 30, 35,
40 niños y niñas –depende el año, depende la clase, depende la escuela– y les
enseña. A escribir, a restar, a sumar, a multiplicar, a dividir, a leer. Cada
tanto les da la espalda, sólo para trazar con tiza blanca lo que su voz explicó
con palabras. Para que a aquellas palabras no se las lleve el viento y los
pequeños de blanco y moña azul transcriban, lápiz en mano, en sus cuadernos (a veces
a con una raya, a veces con dos) lo que el pizarrón muestra. Útiles que a la
mayoría se los ofrece la propia escuela. Una de Villa García, en el algún kilómetro
de la ruta 8. De contexto crítico. En esas que muchas veces debe dedicarle
tiempo a los padres después del timbre de salida, y lidiar con ellos, hasta
negociar, para que dos por tres los niños no falten por dedicarse a juntar
basura en un carro, revolver los contenedores del barrio o las zonas aledañas, o
reciclar o quedarse en la casa cuidando al hermano chico. Lucía lidia con esos
niños que cada tanto se les escapa un lagrimón porque el papá le pegó a la mamá
que dos por tres, también, se la agarra con la maestra y la golpea porque no le
gustó la nota que le puso al hijo en el deber del día anterior.
La enseñanza la lleva en el alma. El amor por
esos niños en el corazón. La carga
afectiva, la acompaña a su casa. Cómo olvidar u obviar ese problemón de tantos ojos,
pequeños ojos, que al día siguiente la enfrentarán.
Hace unos años Lucía trabajaba en otra escuela. En
una “normal”, quizás con menos problemas. Pero los tiempos no dieron. Las horas
de traslado y las de fuera de las aulas (en su casa) de tareas de planificación
y corrección y su familia le hicieron optar por una. La de Villa García. Eso
castigó su bolsillo. Sus necesidades quedaron como un cuello con una soga. Aunque
seguía luchando por su sueño: la casa propia. Así que debió buscar otra
alternativa.
De lunes a viernes, Lucía va a la escuela. Da
clases de matemática, lectura... Educa sobre valores, los que muchos de sus
alumnos no conocen porque las familias tampoco saben de ello. Los fines de semana,
Lucía también da clases. De acrobacia aérea, de arte circense. El que desarrolla
en eventos y cumpleaños infantiles que la salvan a fin de mes.
Una vez, el sueño pareció llegar. Lucía quiso
comprarse la casa. Pero las
circunstancias de su trabajo le pincharon el globo. Es que el préstamo que le
daban por ser maestra en el Banco República y en el Banco Hipotecario, no le
alcanzaba para comprar una casa “digna”. Todo eso me contó.
A Lucía la conocí un mediodía de julio de 2013.
En los alrededores del Palacio Legislativo. Mientras miles de maestras reclamaban
a gritos “salarios dignos” con pitos y pancartas, Lucía lo hacía en el medio de
la Av. Libertador de espaldas al majestuoso edificio –de cámaras de senadores y
diputados y salón de pasos perdidos donde muchachos de moñitas más pequeñas
cobran platales por servir café– con clavas y pelotitas de colores y la cara
pintada. Y la túnica. Su túnica tenía letras escritas como las que ella hace en
el pizarrón cuando le enseña a sus alumnos. Decía en mayúscula imprenta y legible
a más de una cuadra: “Salario docente, vergüenza nacional”.
Como un deja
vu, dos años después, los salones vuelven a estar vacíos, los pizarrones (seguro)
y las pancartas protestan por el 6% del PBI que parece cosa de mandinga, las
fachadas de escuelas y liceos y facultades se adornan de más pancartas, las
túnicas cuelgan de las rejas recordando que “la escuela es pública” y por tanto
“de todos”; 18 de julio arde de tantos pies que la pisan y voces que la aturden
clamando una mejor educación y sueldos decentes; los políticos cinchan las
orejas con la esencialidad mientras parte de la sociedad se queja porque la
educación es puro paro y hay gente que gana menos; los maestros y profesores
discuten si aceptan o no las propuestas salariales y los niños… Los niños y
adolescentes esperan a abrir los cuadernos y seguir aprendiendo, aunque algunos
festejan que la lista de faltas esté inactiva. Y Lucía sigue malabareando entre
el circo y la educación. Y su casa propia.
Manifestación de
maestros en el Palacio Legislativo. Agosto, 2015.
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jueves, 27 de agosto de 2015
Educación, educación, educación
Miles
de docentes y estudiantes marcharon por la Av. 18 de Julio desde la
Facultad de Derecho hasta la Torre Ejecutiva por mejoras salariales y
en defensa del derecho a la huelga, tras el decreto de esencialidad
de la educación manifestada por el gobierno.
miércoles, 26 de agosto de 2015
“Lo esencial es invisible al gobierno”
Las palmas sonaron durante casi
una hora. De las gargantas salían:“¡No queremos discursos en la televisión, queremos
presupuestos para la educación!” Así, miles de maestros de diferentes
departamentos, se manifestaron hoy alrededor del Palacio Legislativo en contra
de la esencialidad en la educación, decretada ayer por el presidente Tabaré
Vázquez. Medida “desastrosa” para varios senadores y diputados, aun del Frente
Amplio.
martes, 25 de agosto de 2015
Orientales
“¡Libertad, libertad, Orientales!
Plaza Independencia. Octubre, 2014.
Este grito a la Patria salvó…”
Y entre batallas, leyes y convenciones
y más batallas, fuimos independientes.
Plaza Independencia. Octubre, 2014.
sábado, 22 de agosto de 2015
Cuando los ángeles lloran
La muy hija de puta siempre nos
sorprende. Cómo decirle que no, que ahora no, que aún no estamos prontos. Cómo
explicarle que ese ser es de nuestra sangre, nos pertenece. O no, pero es bien
cercano y lo queremos y lo necesitamos. Cómo hacerle entender que si bien lo
sabemos, que ella en algún momento llega, no estamos preparados. En realidad,
no se está preparado para perder a un ser querido, un amor, un amigo, un
familiar, un compañero. Que en realidad eso no se nos enseña. En la vida muchas
cosas se nos enseña. La vida misma nos enseña. Pero aceptarla a ella no. Nunca,
jamás. Nadie quiere hacerlo. Es que vivir con ella, es lo más doloroso para el
ser humano. Por más que digan que ese cuerpo está enfermo, cansado, desgastado,
maltratado de tanto fármaco y droga, y viejo y ya cumplió su ciclo. Y, a pesar,
de que sabemos que ese cuerpo, muchas veces la merece porque más vale que se acuerde
del él antes que siga sufriendo. Pero
no. Igual, como sea, ella es la enemiga. Ella es una perra. Una maldita perra.
Todos los días se lleva un
cuerpo. Hoy se fue Emilio (y seguro otros tantos en algún otro lugar del
planeta), el papá de Jorge. Jorge, un primo, un amigo, un maestro –por sus años
de docencia y por sus sabias explicaciones de la vida–. Un padre que no fue. Que yo sí adopté. Parece… Parece un
hombre “sabio”, me murmuró Clara con timidez cuando lo conoció. Tenía 12 años. Era la definición perfecta. Ésa que yo no sabía precisar. Sabe cada detalle
de lo que sea y lo explica con delicadeza, detenimiento, atención. Y él sabía
que, tarde o temprano, la muerte vendría por Emilio. Y fue, quizás, justa. Un poco
justa. O quizás del todo justa. Emilio tenía 91 años. Y las nanas en su cuerpo lo
estaban atacando sin que supiera lo que era sufrir. Es el único consuelo de su
hijo y quienes los conocimos. Navegó. Navegó por la vida cuánto quiso y pudo. Conocía el mar como la palma de su mano. Y muchas veces le hizo frente. Los barcos eran su debilidad.
Lo cierto es que el corazón
manda. Ordena hasta cuando bombear el cuerpo.
Hasta que a la muerte se le antoje y se lleve el cuerpo a la tumba (por
eso odiamos, la gran mayoría, los cementerios; nos recuerda que allí está el
cuerpo) y el alma vaya a saber a dónde. Seguramente a algún lugar del cielo. Al
menos el de esa alma buena. Así es la vida. Sencillamente así. Quienes quedamos,
cuando un cuerpo se nos va, debemos acostumbrarnos a convivir con la muerte. Con
esa ausencia, con ese dolor que el tiempo se encarga, lentamente, muy
lentamente, de suavizar. Después de todo, como decía Mario [Benedetti], la
muerte es un síntoma de que hubo vida.
Cementerio de La Teja. Setiembre, 2011.
martes, 18 de agosto de 2015
Esa perla que brilla en la oscuridad
sábado, 15 de agosto de 2015
La visita
El
ómnibus nos dejó en la ruta. Todos son con números pero éste tenía una G y el
viaje terminaba en Ciudad Vieja, el barrio más viejo de Montevideo y donde
está el mar, me contó mamá. Nosotros nos bajamos en Colón. Es lindo Colón. Tiene
comercios y una plaza grande con juegos. Una de las veces que fuimos a visitar
a Ali, mi hermana, me hamaque tanto ahí que me dolió el cuello de mirar el
cielo. Ella tiene 22 años. Vive con mujeres de su edad y más grandes en un
edificio muy muy grande que se llama cárcel. Para llegar caminamos como un
kilometro. Por suerte no llovía ni hacía frío. Parecía verano. El cielo estaba
limpito, sin nubes y el sol me hacia cerrar los ojos sin mirarlo.
Eran
como las once. Había más niños. Algunos llegaban en taxi con sus mamás o sus
abuelas porque parecían más viejas. Yo anduve una sola vez en taxi. Muchos se
sentaban en el piso y jugaban con piedritas. Otros como yo esperaban en la cola
para entrar. Era muy larga. Llegaba hasta la calle. Mientras, miraba las
ventanas con esos fierros gruesos y negros y con globos de todos colores y
guirnaldas como en un cumpleaños. Las presas miraban para afuera y saludaban
con la mano. Así le llaman a las que viven en la cárcel. Entonces trataba de
ver a mi hermana. No la vi pero escuchaba cómo gritaban. Creo que de contentas
porque éramos muchos niños ese domingo. Nunca vamos los domingos. Sólo los viernes
y sábados. Ése fuimos porque era nuestro día, el del Niño. Yo ya estoy un poco
grande, tengo diez años, igual mamá me hace regalos cuando puede, cuando la
plata le alcanza. A veces no tiene.
A la entrada los hombres y mujeres de azul que se
llaman todos policías, nos hicieron pasar por un aparato. A algunas personas cuando
pasaban les sonaba el cinturón o el reloj, pero a nosotros no porque no tenemos
nada de eso. A mamá le sacaron la bolsa de galletitas, la abrieron y las pasaron
a otra bolsa transparente. Por suerte se la devolvieron porque era lo único que
le llevábamos a mi hermana. Yo tuve miedo que se la quedaran. A la cárcel no se
entra a sí no más como perico por su casa como dice mi tía. Yo ya estoy
acostumbrado pero una nena me contó que era la primera vez que iba. Estaba como
asustada. Lo que pasa que ese lugar no es muy lindo y hay olores muy fuertes
allí.
Después unos chicos de celeste que trabajan ahí y
son más buenos, nos regalaron golosinas. A los niños les pintaban las caras y a
los adultos también. Le decían feliz día porque todos tienen un niño adentro, decían.
Y que no perdieran el espíritu. No sé qué significa eso pero no pregunté ni me
pinté porque estaba loco por ver a Ali y todavía faltaba subir los escalones
que son muchos porque entre un piso y otro hay más de una escalera.
Y
por fin la vi. Me dio terrible abrazo. Le tuve que avisar que me dolía el cuerpo
de tanto que me apretaba. Ella estaba feliz de vernos a mí y mis hermanitos. Y
yo también. A veces no podemos visitarla porque mamá no tiene para el boleto y caminado
es muy lejos. Demoraríamos días en llegar. Ali vive en el tercer piso de la
cárcel porque se portó mal. Yo sé porque soy grande pero a mis hermanitos no
les puedo contar que ella robó. Igual es re buena. Ese día tenía unas líneas brillosas
arriba de los ojos y las pestañas más largas y bien negras. Me dijo que se
pintó para esperarnos. Estaba preciosa.
En
las mesas del salón las presas tomaban mate con sus familias y sus novios. Conversaban
de la mano y abrazados. Ali se sentó a upa de mamá y le daban a la lengua
mientras yo jugué con otros niños. Corríamos a las palomas que entraban al
salón. Después vinieron unos amigos de ella de una ONG o algo así y de la
iglesia. Ocho mujeres y tres hombres. La rubia flaca y alta, me pintó la cara
como un gato con un círculo rojo en la punta de la nariz y bigotes. Ahora sí
quería pintarme la cara. A otros nenes, uno de los señores les dibujaban un
corazón en un cachete y una flor en otro. También trajeron a caperucita roja y
el lobo. El cuento lo sé de memoria, pero este lobo era diferente. Usaba
vaqueros rotos con cadenas y en una mochila tenía una pelota y una careta de
papel igual a la cara de Luis Suárez porque decía que mordía como él y por eso
le tenían miedo. Yo no le tuve miedo, más bien me reí mucho. Luis es mi ídolo. El
lobo además tenía facebook y celular y con Caperucita sacaban a bailar a todos
los niños con la música que ponía una morochita. Eran re divertidos. Hasta nos
sacamos fotos con ellos. Caperucita pensó que el lobo la iba a lastimar, pero
era más bueno ese lobo. Y dijo que no había que culpar a las personas, que
teníamos que ser amigos. Por eso yo me hice amigo de Facundo que es más chico
que yo. Tiene 8 años y va a la cárcel a ver a su mamá. La mía por suerte vive
conmigo, en casa.
Gracias
a caperucita y el lobo nos divertimos pila. Se llaman María Jesús y Milagros,
me contó la rubia que me pintó. Después fueron a otros pisos donde había más
niños. Y ahí vinieron varios señores con tambores grandes. Todos bailaron. Todos,
las presas y las visitas. Y se hizo el mediodía y cada vez llegaba más gente.
Después
que comimos pizza y torta y tomamos coca cola y el sol ya no estaba tan fuerte,
nos fuimos. Mi hermana lloraba, pero mamá le dijo que íbamos a ir de nuevo. Ojala
mamá tenga plata para volver. Cuando salimos no nos revisaron, pero otra vez
tuvimos que caminar ese kilómetro para llegar a la ruta y tomar el ómnibus. Esta
vez sí vi a mi hermana saludándonos de la ventana hasta que se hizo chiquita. Y
tomamos de nuevo el G que ahora decía La Paz y me acordé de las palomas que
estaban en la cárcel porque la maestra nos enseñó que simbolizan la paz y la
libertad. Y en el ómnibus pensé que el regalo más lindo que tuve hoy fue ver a
mi hermana que le quedan tres meses para quedar en libertad.
Centro
de Rehabilitación Femenino, Cárcel de Mujeres. Colón, Montevideo. Agosto, 2014.
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