lunes, 7 de septiembre de 2015

Ellos

Simulacro de casamiento tres años antes de aprobada la Ley del Matrimonio Igualitario. Registro Civíl. Mayo, 2010.     


Hace cinco días se realizó el lanzamiento del Mes de la Diversidad. Así que setiembre será un mes cargado de variadas actividades de todo tipo y color –como la bandera que simboliza el orgullo LGTB ((lesbiana, gay, bisexual y transexual)– que abordarán la diversidad sexual y sus derechos. Una lucha de años que ha ido ganando su terreno. 

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sábado, 5 de septiembre de 2015

Servir, pues

Explota. El mercado del Puerto explota de gente. Los mediodías de sábados. Es el boom de la Ciudad Vieja. Es el lugar que todo turista quiere conocer.  Es el paseo casi obligado de la capital uruguaya. Su popularidad así lo indica. Y no es casualidad que esté donde está. A los pies de los cruceros, del desembarco de los visitantes que viajan en esos gigantescos barcos de puro confort.

Las parrillas se encienden, las carnes invitan al banquete. Los labrurantes, sudan la camiseta mientras van y vienen con los platos. Otros aprovechan la bolada para conquistar al visitante: guitarristas, algunos vestidos de gauchos (la ropa típica oriental) se acercan a las barras y dedican serenatas de canto popular; floreros intimidan al hombre con el obsequio perfecto para su recién enamorada. Y montevideanos se encuentran en un apretado abrazo mientras el clásico Roldós es testigo de tanto festejo, tanta abundancia.

Mercado del Puerto, hoy. Ciudad Vieja, Montevideo.

jueves, 3 de septiembre de 2015

Memorias de Eduardo

“De tiempo somos.
Somos sus pies y sus bocas.
Los pies del tiempo caminan en nuestros pies.
A la corta o a la larga, ya se sabe, los vientos 
del tiempo borrarán las huellas.
¿Travesía de la nada, pasos de nadie? 
Las bocas del tiempo cuentan el viaje”.

Eduardo Galeano
 De Bocas del Tiempo


Ese día, el de la foto, Eduardo hablaba con ese tono pausado que lo caracterizaba. Un tono que sacaba de quicio a cualquier ansioso. Se tomaba su tiempo para decir. Ese día, Joan Manuel estaba de visita por Montevideo una vez más (presentaba un disco en el Velódromo) y Brecha cumplía los años de plata. Ahí estaba Galeano, celebrando junto a un montón de compañeros dos décadas y media del semanario. Y si a Eduardo no se lo hubiera llevado la muerte, estaría hoy festejando 75 años. El tiempo. Tiempo.  

martes, 1 de septiembre de 2015

Malabares

Hace 14 años que Lucía se para frente a 30, 35, 40 niños y niñas –depende el año, depende la clase, depende la escuela– y les enseña. A escribir, a restar, a sumar, a multiplicar, a dividir, a leer. Cada tanto les da la espalda, sólo para trazar con tiza blanca lo que su voz explicó con palabras. Para que a aquellas palabras no se las lleve el viento y los pequeños de blanco y moña azul transcriban, lápiz en mano, en sus cuadernos (a veces a con una raya, a veces con dos) lo que el pizarrón muestra. Útiles que a la mayoría se los ofrece la propia escuela. Una de Villa García, en el algún kilómetro de la ruta 8. De contexto crítico. En esas que muchas veces debe dedicarle tiempo a los padres después del timbre de salida, y lidiar con ellos, hasta negociar, para que dos por tres los niños no falten por dedicarse a juntar basura en un carro, revolver los contenedores del barrio o las zonas aledañas, o reciclar o quedarse en la casa cuidando al hermano chico. Lucía lidia con esos niños que cada tanto se les escapa un lagrimón porque el papá le pegó a la mamá que dos por tres, también, se la agarra con la maestra y la golpea porque no le gustó la nota que le puso al hijo en el deber del día anterior.

La enseñanza la lleva en el alma. El amor por esos niños en el corazón.  La carga afectiva, la acompaña a su casa. Cómo olvidar u obviar ese problemón de tantos ojos, pequeños ojos, que al día siguiente la enfrentarán.
Hace unos años Lucía trabajaba en otra escuela. En una “normal”, quizás con menos problemas. Pero los tiempos no dieron. Las horas de traslado y las de fuera de las aulas (en su casa) de tareas de planificación y corrección y su familia le hicieron optar por una. La de Villa García. Eso castigó su bolsillo. Sus necesidades quedaron como un cuello con una soga. Aunque seguía luchando por su sueño: la casa propia. Así que debió buscar otra alternativa.
De lunes a viernes, Lucía va a la escuela. Da clases de matemática, lectura... Educa sobre valores, los que muchos de sus alumnos no conocen porque las familias tampoco saben de ello. Los fines de semana, Lucía también da clases. De acrobacia aérea, de arte circense. El que desarrolla en eventos y cumpleaños infantiles que la salvan a fin de mes.

Una vez, el sueño pareció llegar. Lucía quiso comprarse la casa. Pero  las circunstancias de su trabajo le pincharon el globo. Es que el préstamo que le daban por ser maestra en el Banco República y en el Banco Hipotecario, no le alcanzaba para comprar una casa “digna”. Todo eso me contó.
A Lucía la conocí un mediodía de julio de 2013. En los alrededores del Palacio Legislativo. Mientras miles de maestras reclamaban a gritos “salarios dignos” con pitos y pancartas, Lucía lo hacía en el medio de la Av. Libertador de espaldas al majestuoso edificio –de cámaras de senadores y diputados y salón de pasos perdidos donde muchachos de moñitas más pequeñas cobran platales por servir café– con clavas y pelotitas de colores y la cara pintada. Y la túnica. Su túnica tenía letras escritas como las que ella hace en el pizarrón cuando le enseña a sus alumnos. Decía en mayúscula imprenta y legible a más de una cuadra: “Salario docente, vergüenza nacional”.

Como un deja vu, dos años después, los salones vuelven a estar vacíos, los pizarrones (seguro) y las pancartas protestan por el 6% del PBI que parece cosa de mandinga, las fachadas de escuelas y liceos y facultades se adornan de más pancartas, las túnicas cuelgan de las rejas recordando que “la escuela es pública” y por tanto “de todos”; 18 de julio arde de tantos pies que la pisan y voces que la aturden clamando una mejor educación y sueldos decentes; los políticos cinchan las orejas con la esencialidad mientras parte de la sociedad se queja porque la educación es puro paro y hay gente que gana menos; los maestros y profesores discuten si aceptan o no las propuestas salariales y los niños… Los niños y adolescentes esperan a abrir los cuadernos y seguir aprendiendo, aunque algunos festejan que la lista de faltas esté inactiva. Y Lucía sigue malabareando entre el circo y la educación. Y su casa propia.  

Manifestación de maestros en el Palacio Legislativo. Agosto, 2015.


jueves, 27 de agosto de 2015

Educación, educación, educación

Miles de docentes y estudiantes marcharon por la Av. 18 de Julio desde la Facultad de Derecho hasta la Torre Ejecutiva por mejoras salariales y en defensa del derecho a la huelga, tras el decreto de esencialidad de la educación manifestada por el gobierno. 










miércoles, 26 de agosto de 2015

“Lo esencial es invisible al gobierno”

Las palmas sonaron durante casi una hora. De las gargantas salían:“¡No queremos discursos en la televisión, queremos presupuestos para la educación!” Así, miles de maestros de diferentes departamentos, se manifestaron hoy alrededor del Palacio Legislativo en contra de la esencialidad en la educación, decretada ayer por el presidente Tabaré Vázquez. Medida “desastrosa” para varios senadores y diputados, aun del Frente Amplio.








martes, 25 de agosto de 2015

Orientales

“¡Libertad, libertad, Orientales! 
Este grito a la Patria salvó…”
Y entre batallas, leyes y convenciones
y más batallas, fuimos independientes.


        Plaza Independencia. Octubre, 2014.

sábado, 22 de agosto de 2015

Cuando los ángeles lloran

La muy hija de puta siempre nos sorprende. Cómo decirle que no, que ahora no, que aún no estamos prontos. Cómo explicarle que ese ser es de nuestra sangre, nos pertenece. O no, pero es bien cercano y lo queremos y lo necesitamos. Cómo hacerle entender que si bien lo sabemos, que ella en algún momento llega, no estamos preparados. En realidad, no se está preparado para perder a un ser querido, un amor, un amigo, un familiar, un compañero. Que en realidad eso no se nos enseña. En la vida muchas cosas se nos enseña. La vida misma nos enseña. Pero aceptarla a ella no. Nunca, jamás. Nadie quiere hacerlo. Es que vivir con ella, es lo más doloroso para el ser humano. Por más que digan que ese cuerpo está enfermo, cansado, desgastado, maltratado de tanto fármaco y droga, y viejo y ya cumplió su ciclo. Y, a pesar, de que sabemos que ese cuerpo, muchas veces la merece porque más vale que se acuerde del él  antes que siga sufriendo. Pero no. Igual, como sea, ella es la enemiga. Ella es una perra. Una maldita perra.

Todos los días se lleva un cuerpo. Hoy se fue Emilio (y seguro otros tantos en algún otro lugar del planeta), el papá de Jorge. Jorge, un primo, un amigo, un maestro –por sus años de docencia y por sus sabias explicaciones de la vida–. Un padre que no fue. Que yo sí adopté. Parece… Parece un hombre “sabio”, me murmuró Clara con timidez cuando lo conoció. Tenía 12 años. Era la definición perfecta. Ésa que yo no sabía precisar. Sabe cada detalle de lo que sea y lo explica con delicadeza, detenimiento, atención. Y él sabía que, tarde o temprano, la muerte vendría por Emilio. Y fue, quizás, justa. Un poco justa. O quizás del todo justa. Emilio tenía 91 años. Y las nanas en su cuerpo lo estaban atacando sin que supiera lo que era sufrir. Es el único consuelo de su hijo y quienes los conocimos.  Navegó. Navegó por la vida cuánto quiso y pudo. Conocía el mar como la palma de su mano. Y muchas veces le hizo frente. Los barcos eran su debilidad.
Lo cierto es que el corazón manda. Ordena hasta cuando bombear el cuerpo.  Hasta que a la muerte se le antoje y se lleve el cuerpo a la tumba (por eso odiamos, la gran mayoría, los cementerios; nos recuerda que allí está el cuerpo) y el alma vaya a saber a dónde. Seguramente a algún lugar del cielo. Al menos el de esa alma buena. Así es la vida. Sencillamente así. Quienes quedamos, cuando un cuerpo se nos va, debemos acostumbrarnos a convivir con la muerte. Con esa ausencia, con ese dolor que el tiempo se encarga, lentamente, muy lentamente, de suavizar. Después de todo, como decía Mario [Benedetti], la muerte es un síntoma de que hubo vida.

 
                               Cementerio de La Teja. Setiembre, 2011.

martes, 18 de agosto de 2015

Esa perla que brilla en la oscuridad

“De noche blanca corría
blanca corría la luna
 y yo corría tras ella.
De repente se perdía,
de repente aparecía
entre los ranchos de lata
 y por adentro madera.
Ah luna, mi luna blanca
 luna de Jacinto Vera”.

Líber Falco

       Rambla de Montevideo. Ciudad Vieja. Julio, 2015.
      

sábado, 15 de agosto de 2015

La visita

El ómnibus nos dejó en la ruta. Todos son con números pero éste tenía una G y el viaje terminaba en Ciudad Vieja, el barrio más viejo de Montevideo y donde está el mar, me contó mamá. Nosotros nos bajamos en Colón. Es lindo Colón. Tiene comercios y una plaza grande con juegos. Una de las veces que fuimos a visitar a Ali, mi hermana, me hamaque tanto ahí que me dolió el cuello de mirar el cielo. Ella tiene 22 años. Vive con mujeres de su edad y más grandes en un edificio muy muy grande que se llama cárcel. Para llegar caminamos como un kilometro. Por suerte no llovía ni hacía frío. Parecía verano. El cielo estaba limpito, sin nubes y el sol me hacia cerrar los ojos sin mirarlo.

Eran como las once. Había más niños. Algunos llegaban en taxi con sus mamás o sus abuelas porque parecían más viejas. Yo anduve una sola vez en taxi. Muchos se sentaban en el piso y jugaban con piedritas. Otros como yo esperaban en la cola para entrar. Era muy larga. Llegaba hasta la calle. Mientras, miraba las ventanas con esos fierros gruesos y negros y con globos de todos colores y guirnaldas como en un cumpleaños. Las presas miraban para afuera y saludaban con la mano. Así le llaman a las que viven en la cárcel. Entonces trataba de ver a mi hermana. No la vi pero escuchaba cómo gritaban. Creo que de contentas porque éramos muchos niños ese domingo. Nunca vamos los domingos. Sólo los viernes y sábados. Ése fuimos porque era nuestro día, el del Niño. Yo ya estoy un poco grande, tengo diez años, igual mamá me hace regalos cuando puede, cuando la plata le alcanza. A veces no tiene.

A la entrada los hombres y mujeres de azul que se llaman todos policías, nos hicieron pasar por un aparato. A algunas personas cuando pasaban les sonaba el cinturón o el reloj, pero a nosotros no porque no tenemos nada de eso. A mamá le sacaron la bolsa de galletitas, la abrieron y las pasaron a otra bolsa transparente. Por suerte se la devolvieron porque era lo único que le llevábamos a mi hermana. Yo tuve miedo que se la quedaran. A la cárcel no se entra a sí no más como perico por su casa como dice mi tía. Yo ya estoy acostumbrado pero una nena me contó que era la primera vez que iba. Estaba como asustada. Lo que pasa que ese lugar no es muy lindo y hay olores muy fuertes allí.
Después unos chicos de celeste que trabajan ahí y son más buenos, nos regalaron golosinas. A los niños les pintaban las caras y a los adultos también. Le decían feliz día porque todos tienen un niño adentro, decían. Y que no perdieran el espíritu. No sé qué significa eso pero no pregunté ni me pinté porque estaba loco por ver a Ali y todavía faltaba subir los escalones que son muchos porque entre un piso y otro hay más de una escalera.

Y por fin la vi. Me dio terrible abrazo. Le tuve que avisar que me dolía el cuerpo de tanto que me apretaba. Ella estaba feliz de vernos a mí y mis hermanitos. Y yo también. A veces no podemos visitarla porque mamá no tiene para el boleto y caminado es muy lejos. Demoraríamos días en llegar. Ali vive en el tercer piso de la cárcel porque se portó mal. Yo sé porque soy grande pero a mis hermanitos no les puedo contar que ella robó. Igual es re buena. Ese día tenía unas líneas brillosas arriba de los ojos y las pestañas más largas y bien negras. Me dijo que se pintó para esperarnos. Estaba preciosa.

En las mesas del salón las presas tomaban mate con sus familias y sus novios. Conversaban de la mano y abrazados. Ali se sentó a upa de mamá y le daban a la lengua mientras yo jugué con otros niños. Corríamos a las palomas que entraban al salón. Después vinieron unos amigos de ella de una ONG o algo así y de la iglesia. Ocho mujeres y tres hombres. La rubia flaca y alta, me pintó la cara como un gato con un círculo rojo en la punta de la nariz y bigotes. Ahora sí quería pintarme la cara. A otros nenes, uno de los señores les dibujaban un corazón en un cachete y una flor en otro. También trajeron a caperucita roja y el lobo. El cuento lo sé de memoria, pero este lobo era diferente. Usaba vaqueros rotos con cadenas y en una mochila tenía una pelota y una careta de papel igual a la cara de Luis Suárez porque decía que mordía como él y por eso le tenían miedo. Yo no le tuve miedo, más bien me reí mucho. Luis es mi ídolo. El lobo además tenía facebook y celular y con Caperucita sacaban a bailar a todos los niños con la música que ponía una morochita. Eran re divertidos. Hasta nos sacamos fotos con ellos. Caperucita pensó que el lobo la iba a lastimar, pero era más bueno ese lobo. Y dijo que no había que culpar a las personas, que teníamos que ser amigos. Por eso yo me hice amigo de Facundo que es más chico que yo. Tiene 8 años y va a la cárcel a ver a su mamá. La mía por suerte vive conmigo, en casa.

Gracias a caperucita y el lobo nos divertimos pila. Se llaman María Jesús y Milagros, me contó la rubia que me pintó. Después fueron a otros pisos donde había más niños. Y ahí vinieron varios señores con tambores grandes. Todos bailaron. Todos, las presas y las visitas. Y se hizo el mediodía y cada vez llegaba más gente.

Después que comimos pizza y torta y tomamos coca cola y el sol ya no estaba tan fuerte, nos fuimos. Mi hermana lloraba, pero mamá le dijo que íbamos a ir de nuevo. Ojala mamá tenga plata para volver. Cuando salimos no nos revisaron, pero otra vez tuvimos que caminar ese kilómetro para llegar a la ruta y tomar el ómnibus. Esta vez sí vi a mi hermana saludándonos de la ventana hasta que se hizo chiquita. Y tomamos de nuevo el G que ahora decía La Paz y me acordé de las palomas que estaban en la cárcel porque la maestra nos enseñó que simbolizan la paz y la libertad. Y en el ómnibus pensé que el regalo más lindo que tuve hoy fue ver a mi hermana que le quedan tres meses para quedar en libertad. 

  Centro de Rehabilitación Femenino, Cárcel de Mujeres. Colón, Montevideo. Agosto, 2014.