Montevideo. Mayo, 2016.
Decía Cartier Bresson: “La fotografía es una forma de gritar lo que sientes”. Y sí. Ella es huella de la realidad, ésa que captan mis ojos. A través de la imagen, y con mi sensibilidad mediante, intento expresar la vida cotidiana, sus momentos, sus personajes, sus gestos y el instante preciso e inolvidable, grabado en la memoria, por siempre.
jueves, 19 de mayo de 2016
martes, 17 de mayo de 2016
De madre a hijo y viceversa II
A mi hermana del alma
“El amor no es
repetición.
Cada acto de amor es un
ciclo en sí mismo,
una órbita cerrada en su
propio ritual.
Es, cómo podría
explicarte, un puño de vida”.
Mario Benedetti
Suena el celular. Gerónimo abre
grande los ojos. Me mira. Es ella para avisar que va en camino. Le digo que vuelva
tranquila, que vaya suave, que está todo bien, que la mañana estuvo genial.
Gerónimo no habla todavía. Sólo se le escapa un “Titi” cada tanto y algunas
palabras sueltas, indescifrables, cuando se pone majadero. Pero conoce bien esa
voz. La que salió del otro lado del aparato y se ubica, en ese momento, en
algún punto de la ciudad. Sonríe. Salta en el sillón, mira para afuera por el
ventanal grande que deja empañado cuando apoya la nariz y las manos. Esas manos
tan pequeñas. Está feliz. Es que su madre está a punto de llegar. Es solo
cuestión de minutos, diez, quince quizás, no más. Gerónimo me mira de nuevo,
sonríe. Y cuando ve entrar el auto azul suelta el chiche que hacía más media
hora su mano no soltaba ni por jodete, se baja del sillón, primero con una
pierna, después con la otra, corre hasta la puerta, apenas unos pasos, y hace
lo posible por llegar a la cerradura. No alcanza por más en punta que se pongan
sus piecitos. Quiere ganarle a la madre
que, sabe, en cualquier momento aparecerá del otro lado. Salta, me mira, grita.
Es pura sonrisas.
La puerta se abre. Esos ojos
chiquitos pero bien abiertos, los de ella, brillan al ver ese cuerpito que hace
seis horas no ve, y sus brazos lo
levantan. Entonces Gerónimo gira en el aire y juntos dan varias vueltas. Y
giran, giran como un trompo mientras yo viajo
en el tiempo y la recuerdo a ella ocho, diez, doce años atrás, cuando leía a
Benedetti, cuando pedaleaba por arriba del Viaducto para ir a ver a decenas de pibes
en situaciones vulnerables antes de recibir el título universitario, cuando íbamos de boliche en boliche y escuchábamos
a La Vela, La Bersuit, La Tabaré y a Cabrera y Silvio si nos atrapaba la
melancolía, y nos escapábamos juntas, ni bien podíamos, a cambiar de aire a la
punta, la del Diablo, con un tinto de caja para zafarle a los fríos del
amanecer que nos emperrábamos en ver. Cuando ese hijo rubiecito de ojos claros
no se había transformado aún en proyecto, ni siquiera era imaginado. Ahora los tiempos
son otros, dice Silvia cuando se percata que la vida se le enreda entre
pañales, cunas, viandas para el jardín, pediatras, enchufes escondidos y chiches
desparramados por toda la casa que es un despelote, suelta apretando los labios,
porque ya nunca la puede tener en orden, en el orden que ella tan
meticulosamente quisiera. Es que un hijo te cambia la vida me repite siempre.
Un hijo te cambia la vida. Y soy testigo de ese incondicional amor –puro amor– que esta madre tiene por su hijo. Y viceversa.
domingo, 15 de mayo de 2016
De madre a hijo y viceversa
Los hijos son de la vida, no de
uno, me dijo un día mi vieja. Mi madre. Sólo que me gusta decirle la vieja, mi
vieja, me resulta más fraterno. Varias veces lo decía. Pero recuerdo aquella
vez en que yo me tomaba los vientos en busca de otros caminos y me fui de mi
casa, la suya, la de mi viejo también. Para ella no era fácil, le implicaba
seguir en una ruta ya conocida por demás pero tediosa y bien empedrada y, sin
embargo, ese día me lo repitió una y otra vez, quizás para que no me sintiera
culpable por la otra parte del cuento que no viene al caso, y seguro porque
ella de verdad quería que yo encontrara mi camino, mi libertad, que no perdiera
mi independencia. Y así fue. Me fui sin abandonarla, claro está porque ella
sabía que, a pesar de la distancia, tendría siempre mi apoyo. Y viceversa. Y
viceversa.
La vieja, mi vieja, es de esas
mujeres de fierro que no tituben jamás cuando uno llama o aparece de sopetón,
sin sospecha, porque necesita un mimo, una caricia, un consejo, ese abrazo en
que uno se siente como al lado de una estufa, y a salvo. Yo puteo, me caliento,
rezongo porque ella tiene esa maldita costumbre de sacarme siempre, de ponerme
los pelos de punta por ser tan insistente y llena huevo –que por qué no comes
algo, que por qué no te abrigas, que por qué no hablas con fulanito y o haces
tal cosa o tal otra como yo siguiera siendo una niña, su niña– me roba la poca
paciencia que tengo y enseguida hiervo como el agua dentro de la caldera que
chifla enloquecida en la hornalla de la cocina. Pero después, entre mates, anécdotas
y gestos –pequeños gestos que son inmensos– uno se percata y recuerda que para
la vieja uno, yo en este caso, jamás dejaré de ser niña, jamás dejaré de ser su
hija. Y que el amor de una madre a una hija, un hijo, es incondicional. Y
viceversa. Que la madre es el único ser en el mundo que jamás dice “no”. Por
eso, es que a mí me gusta regalarle algo, una cartera, una buzo, una tetera, un
libro, una flor, un mimo, cualquier cosa que a ella le haga bien, cualquier día
del año porque ella conmigo está los 365 días de todos los año de su vida.
Montevideo. Julio, 2015.
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jueves, 12 de mayo de 2016
Pabla, no Paula
Historias simples: Fortín Olmos
Pabla.
Fortín Olmos. Santa Fe, Argentina. Abril, 2016.
Está de pie, apoyada contra el
marco de la puerta de su casa aprovechando el sol. Es que hace dos semanas que en
Fortín Olmos no se ve el sol. Quiere saber de dónde soy, de dónde vengo. Quiere
conversar. Le digo que no le quiero robar tiempo, pero ella insiste.
– Pero no, si tengo todo el
tiempo del mundo– dice estirando todas las “0” mientras saca de su casa dos
sillas de plástico. No quiere perderse el sol. Yo tampoco.
–Te vi de lejos y pensé que
eras un muchacho. Es que no es común ver a una muchachita de pelo tan corto, me
confiesa con vergüenza. Yo repito su nombre: Paula. No Pabla, aclara pronunciando
cada letra. Le admito que es la primera mujer que conozco que lleva de nombre
el femenino de Pablo. Nos reímos. Ella representa más edad de la que tiene. Como
casi todas en Olmos. A los 15, tuvo su primera hija.
– ¿Te gustan las tortas fritas?
– Sí, claro si son uruguayas– me
sale como retrucando.
– Enserio– exclama con los ojos
bien grandes y estirando de nuevo la “o”. Entonces no me vas a desperdiciar
ninguna. No me da opción. Me trae cuatro. Las tortas fritas en Olmos son el pan
de cada día.
Frente a su casa de material,
donde vive desde agosto de 2013, todo es campo. La calle de barro no tiene
nombre pero está ubicada al final de un pasaje donde termina el barrio Las
Piedritas. Allí las casas están pegaditas, una seguidita de la otra.
– Un día vinieron y me dijeron que
tenían un terreno para mí. Yo me reía. Mirá si me iban a dar uno, suelta de nuevo
aquella risa que le trae el recuerdo llevando los ojos al piso y moviendo la
cabeza para un lado y para otro como si aún no pudiera creerlo. Y para que a mí
no entre sospecha alguna se levanta, entra, abre un cajón en la habitación que es
cocina living-comedor y saca unos papeles. Un registro de contrato público número
272, escritura 78 y fecha de 2013 que responde a la donación de la Comuna de
Fortín Olmos del terreno a Pabla. Pabla Rivero.
Mejorar la situación de las
viviendas de la población más vulnerable del pueblo era imprescindible. El ex
presidente de la comuna Abel Gómez se puso el problema al hombro y encaró. Sobre
todo, los del norte donde la pobreza salta a la vista. Donde tampoco había
saneamiento hasta hace un par de años, sólo luz eléctrica. Ella vivía en una
casa de barro con sus cinco pequeños hijos y Daniel, su marido, a unos pocos
metros, en el barrio de al lado que aún no tiene saneamiento: Los Pilares.
–Yo no me quería ir de ahí
porque me gustaba mi casita de barro– dice en un tono suave y tímido bien
santafecino. Con los años Pabla se acostumbró a su casa de material y, ahora,
valora los cambios de tener paredes de portland. Aunque dos de sus hijas, ya
grandes, de 13 y 16 años, duermen juntas en un colchón finito, finito, repite
juntando el pulgar y el índice derechos para que yo imagine el grosor de esa finitez que les produce un dolor de
espalda tremendo.
–Pero si compro un colchón nos
quedamos un mes sin comer– chasquea los dientes.
Pabla hacía limpiezas en la
casa de una señora en Olmos hasta que un día apareció con el rostro hinchado y
muchos dolores que le provocaban, dice, la tiroides y la diabetes.
– La doña me dijo que mejor dejara,
que me fuera a hacer los estudios. Que ella no quería tener problemas, que no
podía tomar a una persona enferma. Así no te puedo tener, me dijo.
Hace poco más de un año que
Pabla está sin empleo. Dice que en Olmos no hay trabajo para las mujeres que no
son policías o maestras, o tienen un quiosco o algún comercio. Y para los
hombres, poca cosa. Daniel vive de las changas: cortar leña y hacer carbón
cuando el clima se lo permite. Estuvo una semana parado por la lluvia, se
lamenta revoleando un trapo que ahora tiene entre sus manos. Daniel es albañil pero
en Olmos no hay grandes obras de albañilería. Son trabajos chiquitos que no dan
para nada. Cada tanto el matrimonio recibe una ayudita de Sergio, unos de los
hijos del medio, el de 21 años y el único varón.
– El más “mamango”– suelta con
orgullo su madre. Trabaja en Córdoba en un tambo, pero ahora se está por venir
porque allá todo está pasado por agua.
En Olmos nadie te da nada,
sigue Pabla. Nadie. Hay una asistente social que “no saca el culo de la silla”.
El gobierno le paga pero nunca viene a recorrer los barrios ni a ver a los
abuelitos que no pueden ni moverse. El gobierno no te ayuda en nada, repite
indignada. El gobierno, el gobierno… No es como en otras ciudades, dice.
Le digo que no, que no es lo
que ella piensa. Que en las grandes ciudades como Buenos Aires hay muchas
villas, y grandes villas, donde la pobreza también castiga y arrasa con todo.
Le nombro mi Montevideo querido, un lugar que ella jamás había escuchado. Ni
mucho menos imagina en un mapa. Me mira sorprendida, cuando le explico que el mundo
está lleno de gobiernos que se olvidan de los pobres, que el de su país, su
pueblo, no es el único. Los gobiernos, los gobiernos… La convenzo.
– Pero este es una barrio
tranquilo– afirma como queriendo arrepentirse, ahora, de algunas palabras que
soltó como un pororó segundos antes. La tranquilidad de acá no se paga con nada–
asegura. Y en eso le doy la razón.
Falta media hora para el
mediodía. En la casa que está detrás de la capilla, Sarita, Jimena, Aída y
Silvana me esperan con un banquete. Hoy en la cocina manda Silvana. Seguro
hervirá verduras. Pabla me acompaña un par de cuadras.
– Tengo que ir a comprar carne–
me cuenta.
– Que vas a cocinar hoy– quiero
saber.
– Ah, lo de siempre: Guiso.
Nosotros siempre comemos guiso. Cada tanto un
estofado, pero es lo que hay– suelta mientras me da una bolsa para que
me lleve dos de las tortas fritas que no pude desperdiciar. Las otras dos me
las comí escuchando sus cuentos.
martes, 10 de mayo de 2016
Carnívoros
Barrio La Comercial, Montevideo. Mayo,
2015.
|
Vi
la imagen y recordé. Recordé aquella Ciudad
Ocre de Apegé** –ahora confirmo que fue una de enero de 2015– que tituló
“La carne plebeya” en la que describía un anoche de verano en la Cuidad Vieja. Lo
que mil veces vi. El histórico barrio es mi barrio. Y “…en la vereda de enfrente y al pie de una
puerta de madera que parecía bombardeada, toda una familia azuzaba un fuego del
que se desprendía un humo incontenible y olor a carne”.
Esta
vez no era una noche cualquiera, sino un día especial: el 1 de mayo, el Día de
los Trabajadores. El típico día donde en algunos barrios (ciertos barrios) la
gente, ésa que no tiene parrilleros en sus casas y que les importa un comino
mostrarse en las veredas, saca el mediotanque para ese asadito tan esperado.
Dijera Apegé, un acto plebeyo “en el sentido de hacer lo que puedo con lo que
tengo, de no pedir más que ese rato de satisfacción, de aceptar, también, las
condiciones de mi parrillero”.
Terminado
el acto –en el que se reclamaron derechos, se recordaron otros tantos, se
estiraron brazos y apretaron puños que quedaban en el aire mientras sonaban las
estrofas del himno y cientos de gargantas lo gritaban y muchas banderas
flameaban– caminando por los alrededores del Palacio entre esa montonera de
gente y el humo de las tortas fritas, los mediotanques lucían en los
alrededores.
El
hábito, aquel que describía Apegé hace
poco más de un año, sigue en pie. “Nunca había visto tanto mediotanque en las
calles como en las últimas fiestas. Y tanto impudor para ocupar la vereda:
tribus familiares o de amistad enteras con mesas, sillas, bebidas, heladeritas,
todo el banquete sobre sus veredas, con las puertas abiertas, los televisores
prendidos, la cumbia a tope, aunque la mayoría de los comensales se mantenga
sentada esperando su generosa porción vacuna”. Y sí, los uruguayos somos
carnívoros.
**Ciudad Ocre. la diaria, 15, enero, 2015; pág. 7.
domingo, 8 de mayo de 2016
viernes, 6 de mayo de 2016
Laburantes II
“Lo primero que hay que hacer
es cuidar la unidad”.
José “Pepe” D’Elia
Acto por el Día de los Trabajadores en la plaza Mártires de
Chicago.
Montevideo, 1 de mayo. 2016.
jueves, 5 de mayo de 2016
Qué votas
Facultad de Veterinaria, ayer.
miércoles, 4 de mayo de 2016
Toribio
El 30 de abril los trabajadores
rurales celebraron “su” feriado no laborable pago, establecido en la Ley N°
19.000 promulgada en noviembre de 2012. Y yo me acorde de Toribio.
Nadie podía creerlo. Todos
sonreían, y la esperanza de que el agua dejara un poco en paz, crecía. La mañana
estaba soleada. Dos semanas estuvo Fortín Olmos sin ver el astro que hasta
altura calienta poco. Pero, ahora, lo importante es que seque, dice Toribio mientras
con un balde saca agua de la calle –un pasaje en realidad– sin nombre que lo lleva a
su humilde casa en el barrio Los Pilares. Toribio es trabajador rural. Y hace
changas "de lo que venga". Es que cuando a las lluvias le dan por instalarse en
el pueblo, no hay campo ni animales que aguanten. Todo queda estancado, dice.
La mayoría de los hombres allí, se dedican al campo, a la ganadería. Otros a
cortar leña y hacer carbón para vender a grandes mercados. Siempre y cuando la lluvia lo permita. La
lluvia. Siempre la lluvia.
Toribio. Fortín Olmos, Santa
Fe, Argentina. Abril, 2016.
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martes, 3 de mayo de 2016
Laburantes
Acto por el Día de los Trabajadores organizado por el
PIT-CNT en plaza Mártires de Chicago, el domingo.
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