domingo, 19 de julio de 2015

Venía un barco cargado

El trabajo es duro. Llevan horas allí, y aún les queda. Es media mañana. Ellas hablan del amor. Una está enamorada, dice que sueña con casarse. La otra retruca que con qué necesidad, “mirame a mí”. Ellos conversan poco, como todo hombre. A los niños (dos) les toca la tarea de repartir los peces en los cajones que trajo un camión  y que se llevará el intermediario, el que tiene las cámaras de frío. El que hace la guita. Los pescadores apenas ven unos vintenes. Pero mejor así. Con las barcas vacías  el invierno sería más cruel. Y el Santa Lucía es fiel testigo.

Río Santa Lucía, Santiago Vázquez. Montevideo, julio 2015.

Río Santa Lucía, Santiago Vázquez. Montevideo, julio 2015.

Río Santa Lucía, Santiago Vázquez. Montevideo, julio 2015.

jueves, 16 de julio de 2015

Viejo, querido viejo

Tu imagen reaparece. Hace tiempo que no te pienso, pero no vayas a creer que te olvidé. Jamás lo haría. Me fastidia recordarte siempre por esa maldita enfermedad. Mi memoria tiene que esforzarse para traerme tu retrato sano, de paso firme, voz lúcida y sonrisa espléndida como cuando me llevabas a las hamacas de alguna plaza, cuando mi pelo se ajustaba con dos colitas y usaba delantal rosado a cuadros.
Llegué temprano a la Zitarrosa para ver a un sexteto que homenajeó a Aníbal Trolio por sus cien años. Para matar el tiempo me tomé un liso en un boliche. Maldecí el momento en que giré la cabeza. Al final de la barra, contra la pared, vi a ese tipo comiendo con un temblor que le producía un aspecto desgraciado y le delataba un perverso parkinson. La mierda. Fue como verte a vos cuando te pinchabas con el tenedor al comer o te cortabas con la afeitadora.

Los ojos del tipo se me cruzaron. Sentí dolor, rabia e impotencia cómo tantas veces al verte sentado en la silla azul de plástico, la única que aguantó tu cuerpo sin motricidad, los últimos cinco años. Salvo las horas en cama, pasabas en ella, frente al televisor, esperando tan sólo que los días pasaran, esperando, quizás, la muerte para no verte (y que no te viéramos) más así. Ahora necesito olvidarte en ese estado.
Con la mente en blanco y la mirada perdida en la alcohólica espuma, recordé aquel día en que increíblemente el sol resplandecía luego de tantos días de intensas lluvias, como si vos lo hubieras traído con tu alegría. La tarde empezaba. Mientras los oficinistas volvían a sus escritorios de la media hora, las chicas de los comercios mostraban su mejor sonrisa a los clientes, los enfermeros del Maciel fumaban para descargar penas y alguna vecina paseaba su perro, yo te esperaba frente a la parada del ómnibus, en el hall de mi edificio, ansiosa y cansada. Había madrugado para cocinarte algo sencillo y rico a tu paladar; si perdía mucho tiempo, te ibas enojar, por boludo nomás, por pensar que me robabas el tiempo. Te sorprendía con un menú, de esos que brillan por la ausencia en el recetario de la vieja. Bueno, convengamos que ella nunca salió de lo clásico. Y en eso salí a ella, pero esta vez, sabía que te ibas a chupar los dedos. 

Un 169 con destino a Instrucciones, un 125 al Cerro, un 60, un 79, un 180. Qué eternidad. Un 14 y un 121, ambos a Pocitos, otro 60 y vos nada. Hasta que por fin reconocí tus zapatos bajando de un 188 que tomaste en Tres Cruces, recién llegado de Maldonado. Cuando el ómnibus pasó, divisabas mi mano en alto. Nuestras miradas y sonrisas se encontraban. Cruzabas ágil como nunca y en un apretado y largo abrazo me decías que estabas contento de verme, y subíamos a mi apartamento. En el primer tiempo del partido de Nacional-Defensor te parabas del sillón con tremenda fuerza, gritabas el gol con la voz quebrada y con los ojos brillosos a punto de largar las lágrimas como cuando el Bolso salió campeón de la Libertadores en el ’88. Lo recuerdo bien, iba a cumplir 9 años. El fútbol era tu debilidad. 

Y en ese instante un muchacho de aspecto universitario, que tampoco pudo evitar mirar al tipo, se sentó a mi lado y me cortó la imagen en el mismo momento en que me despierto cuando ése sueño me persigue. Le pagué al mozo y mi vista volvió al veterano que apenas había llegado a la mitad del plato por el temblor insoportable. Me dio lástima. Y pensé en vos, inevitablemente. Y me fui a escuchar el espectáculo de tango que estoy segura, te hubiese encantado ver. Feliz cumpleaños, viejo.

miércoles, 15 de julio de 2015

Balconeando

Figuritas del barrio (I)

Ciudad Vieja, Montevideo. Mayo, 2014.
La cuadra despierta. La jornada empieza. El destino es Ciudad Vieja, pero también el comienzo del recorrido de las tantas líneas de ómnibus que, a las 08.00, pasan uno tras otro. No el que uno espera. Ése demora una ilusoria eternidad. Cosa de mandinga. El kiosko abre sus ventanas para calmar los vicios de los pasajeros (chicles, puchos, refrescos): laburantes que esperan en fila india el ómnibus que los llevara a las tediosas ochos horas ("...el trabajo es algo digno de odiar", canta Fernando Cabrera). La doña es testigo del constante movimiento. La plaza, frente a su balcón, acoge a obreros, mendigos y algunos vecinos que tranzan o hacen de las suyas. “Buen día”, saluda amablemente, exhalando el humo del primer cigarro en el balcón, pero seguro, no del día. Ni haciéndose el distraído se zafa de responderle.

Al mediodía, oficinistas van y vienen, enfermeros del Maciel hacen una media hora fugaz frente a ella y los vecinos pasean el perro. La doña, exhala a esa altura, su décimo quinto cigarro. Cuando el sol se esconde detrás de la playa de contenedores, la parada revive y a la vecina se le atraviesa el pensamiento de agrandar el kiosko, su mejor negocio hasta ahora.  Los enfermeros pegan la vuelta a la otra punta de la ciudad, los del barrio llegan. Y la vecina termina la segunda caja, al alpiste de toda la vecindad, fuma que te fuma.

domingo, 12 de julio de 2015

Un padre, un hijo, recuerdos

Él era Jonhy.  En aquellos años en que ellas eran Yessica, Yanina y Yolanda. En que salían las tres a bolichear casi que en pijama porque de la nada y de repente, acostadas sin poder dormir y muertas de risa, les venían las ganas de una birra, en tiempos en que Yesica y Yolanda estudiaban juntas y pedaleaban hasta la periferia y por arriba del Viaducto porque las muy del interior no se habían percatado que por debajo corría Agraciada cuando iban a las, antes, malditas prácticas de Trabajo Social que tenían su recompensa. Jonhy las esperaba con guisos polentosos o Yanina, otras veces, con la estufa, la torta dulce y el mate si volvían de tardecita. Hasta que llegó el niño y todo fue distinto. La familia se agrandó y Johny y Yolanda vivieron para Mateo y por Mateo. Y Yessica hizo su historia, ahora también, enamorada de su Geromito y Yanina la suya aunque sin hijos pero con su gigante. Y dos por tres, cuando los tiempos los dejan, se juntan y ríen a carcajadas y evocan esas anécdotas y otros tantos recuerdos. Y en esas Yanina registra la imagen que resume el amor de un padre a su hijo. Que está, que pasea, que enseña, que se desvive. Porque las madres no son las únicas que se enamoran de sus hijos. Los padres, también. 

Mateo y Gonzalo. Explanada de la Escollera Sarandí. Rambla de Ciudad Vieja. Diciembre, 2014.

viernes, 10 de julio de 2015

Jogos

Gritos y risas por doquier. Se entremezclan. Hasta el gusano loco sonríe. La rueda gigante gira, gira y gira. Desde arriba se ve el sol esconderse detrás de los edificios, todo es pequeñito menos lo infinito del mar. Todo una maravilla para los más chiquitos. Las calesitas giran una y otra vez, los autitos chocadores se sacan chispas. La felicidad brota en en ese mundo mágico aunque mecánico. Es el Parque de Rodó que revive los fines de semana y en vacaciones.
 
Parque Rodó. Abril, 2010.







miércoles, 8 de julio de 2015

Un chin chin

La idea: Estar, aplaudir y tomar una, dos, tres como lo hubiera hecho él. Con un whisky, una cerveza o mejor un gin  tonic con limón, la bebida más exquisita a su paladar. Es que ayer Marcelo Jelen cumpliría 51 años si a su corazón no le hubiera dado por dejar de funcionar el 24 de julio de 2014.
Marcelo fue periodista, de esos que no tenía empacho por decir lo que pensaba. De hecho criticó su profesión. El periodismo, decía, es, “apenas —y nada menos que— periodismo. Ningún periodista puede contar-las-cosas-tal-como-pasan. Eso es imposible. A lo sumo, puede contarlas tal como se ve que pasan. Se aproxima, pero siempre quedará lejos”. Porque todo "se puede decir en cientos de formas diferentes”. Y sí. Los medios de comunicación, o mejor dicho quienes los manejan, seleccionan qué contar, cómo contarlo y qué información omitir. Muestran su realidad. Por eso, Marcelo porfiaba con que los periodistas han hecho un oficio de traficar con la realidad. Todo “depende del oculista que recete los cristales”, decía en su libro “Traficantes de la realidad”. Sus columnas de la diaria hacían reflexionar y cuestionaban todo. El sistema, lo políticamente correcto, lo bien visto por la gran mayoría de la sociedad. Podían gustar mucho o directamente, nada. Yo era de esas que siempre esperaba su columna.
Y ayer algunos de sus amigos, compañeros y colegas, brindaron por él, lo recordaron. Y lo vieron nuevamente en la imagen que Iván [Franco] captó el 16 de octubre de 2010 en el Pilsen Rock realizado por primera vez en la Rural del Prado. Y allí quedó la fotografía, en el Bar Girasoles, como para que cuando sus amigos vayan no olviden tomarse una por él. Y hacer chin chin.

 Bar Girasoles, julio 2015. Foto de M.Jelen (cuadro): Iván Franco.



lunes, 6 de julio de 2015

Un ícono

El Frigorífico Anglo de Fray Bentos fue declarado por la UNESCO Patrimonio de la Humanidad. Y los fraybentinos festejan.

Enero, 2014.

Enero, 2014.

Enero, 2014.


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miércoles, 1 de julio de 2015

Nacho, dónde estás

Está serio. Nacho nos mira muchas veces. Muchas. Es que son cientos las fotos que lo muestran. La llevan en alto padres, amigos, familiares, compañeros y conocidos que continúan buscándolo incansablemente. En las calles, los barrios, en las plazas, en los ómnibus, en cada esquina, en cada rincón del país. Hoy, hace 158 días que nada se sabe de él. Las teorías son muchas, como todo, pero en concreto no hay nada, me aseguró Natalia, su hermana. La familia ha recibido muchas llamadas que trasladan a la policía, me contó también. Pero las investigaciones están stand bay. “Es trabajo de oficina”, soltó Natalia indignada.  Por eso las palmas no dejaron de sonaron desde la Plaza Cagancha hacia la plaza de los Bomberos, por la Av. 18 de Julio. Y al unísono las voces gritaban: “Todos somos Nacho”. Una y otra vez.





lunes, 29 de junio de 2015

Triste y solitaria

“Uno siempre está solo
pero
a veces
está más solo”.



“Y diré que estoy triste
qué otra cosa decir
nada más
que estoy triste.
Estoy triste.
Eso es todo”.

Idea Vilariño